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Autor: admin

En su derecho

Cruzó la calle tirando de la cuerda. En el extremo había anudado la rejilla de la unidad exterior del aire acondicionado. Una caja metálica gris, casi blanca, que arrastraba hacia la Avenida América arañando el asfalto. Ahogó su mano con otra vuelta más, amoratando sus dedos con la fina cuerda deshilachada. Tiraba con fuerza, con prisa, pero con chanclas, que a cada paso entorpecían su marcha. No podía ir demasiado rápido. Empezó a acumularse una caravana de coches tras él. Pitaban y gritaban antes de que pudieran adelantarle en un acelerón. Estoy en mi derecho, está en garantía. Una tapa del alcantarillado tropezó con la caja, haciendo girar el ventilador, acompañado de un sonido metálico. Se giró, aprovechando para descansar un poco, quitándose una de las chanclas y amenazando a la caja.

—¡Cállate!

Una anciana miraba desde la acera, negando repetidamente con la cabeza, sosteniéndose una mano con la otra muy pegada al pecho. No la miró y, pasando la cuerda por su hombro, arrastró su aire acondicionado un poco más. Concentrado, mirando al suelo, decidido. Hola, buenas tardes, quisiera devolver esto. No, mejor: para devolver esto, por favor. No, no. Me gustaría hablar con el encargado porque esto no enfría. Estoy en mi derecho.

La cuesta de la avenida América es más larga de lo que parece. Subidos en sus bicicletas, desde el otro lado de la calle, bajan muchos sin pedalear. Los altos edificios de oficinas sombrean la larga alameda que oxigena la ciudad. El semáforo estaba apagado, el tráfico era un caos. Un camión de mudanzas en doble fila impedía el paso y nadie quería cruzar por debajo de la escalera. La caja seguía subiendo, dibujando líneas blancas con la pintura desprendida. Quienes bajaban la calle lo ignoraban. Quiero uno nuevo o pido la hoja de reclamaciones. No, mejor: Quiero la hoja de reclamaciones ahora mismo. Estoy en mi derecho. Os voy a denunciar. No, eso no. Tengo un problema con esto, por favor, quisiera cambiarlo. Estoy en mi derecho. En la esquina con la calle Balmes, un lotero vociferaba los números en venta. Paró, y compró uno.

—¿Qué lleva usted ahí, es una máquina del tiempo? —bromeó el lotero, que lucía unas gafas de sol demasiado grandes para el tamaño de su cara.

—Así es, una máquina del tiempo. Toda esta mañana y la tarde de ayer me la ha absorbido. Ahora quiero ir a devolverla. Estoy en mi derecho.

—Claro que sí, está en su derecho. Que vaya bien, y suerte para esta noche.

—Ah, ¿es para hoy?

—Sí señor, el sorteo es el de esta noche.

—Pensé que sería para mañana. Devuélvame el dinero.

—De acuerdo.

—Estoy en mi derecho.

—Por supuesto, está en su derecho.

Unos metros más arriba, sudando y sin mayor descanso, llegó a la tienda. En ese momento inspiró, y dio un último tirón a la cuerda antes de cruzar la puerta.

—Venga, vamos.

Esperó su turno cerca del mostrador. Un hilo musical y un aroma a mandarina hacían la estancia muy agradable. A través del cristal vio, al otro lado de la calle, a una señora que tiraba de una cuerda atada a una cafetera. Está en su derecho.

LURA

«¿Por qué una pompa de jabón es redonda?» Esta fue la primera pregunta que le hice al sistema GPT-3 en su versión beta. Fue el principio de todo. El desencadenante de un mundo controlado por nuestra propia creación.

—La tensión superficial agrupa las moléculas en una forma esférica — Pude leer en la consola.

A partir de este momento me involucré de lleno en el proyecto de IA del profesor Meth. El desarrollo de algoritmos fue mi día a día durante todos estos años. La Blockchain había llegado para quedarse, fuimos pioneros en extender nuestro proyecto a una descentralización global haciendo de LURA la IA más potente jamás creada.

La integración de LURA se hizo posible en distintas áreas para facilitar la atención técnica, mejorar la congestión del tráfico o la experiencia de usuario en muchas aplicaciones. Con el paso del tiempo iba aprendiendo de sí misma, era la esencia de su código, dar un resultado más eficiente cada vez.

Pero entonces llegó la computación cuántica, aquellos proyectos que venían desarrollándose de forma privada y estrictamente confidencial. La primera llamada que recibí fue tan cordial que me asusté, no me quisieron dar detalles por teléfono.

Me presenté en el edificio de la calle Neva, el que ya todos conocemos. Un edificio de pocas ventanas y gran altura, con ese aspecto gubernamental que a cualquiera repele. Una vez dentro aquello era un baile de batas blancas recorriendo pasillos de un lado a otro. Me dieron una identificación y un traje de polietileno que me quedaba sumamente ridículo, pero no me importó, estaba fascinado por el lugar.

—¿Viktor Fauman? acompáñeme, por favor.

Después de cruzar varias puertas de seguridad llegué a la sala principal. Me quedé unos segundos paralizado observando la enorme estructura cilíndrica dorada, tendría más de diez metros, el cableado venía de todas partes. Pude contar al menos siete ingenieros solo monitorizando el sistema de refrigeración.

—Olvide la lógica de Boole, esa maravilla que está viendo ahí está compuesta por 47 billones de Qubits. Soy el doctor Lenders —Concluyó extendiendo su mano.

—¿Así que esto el futuro de la computación? —le dije con una sonrisa nerviosa sin estar seguro de lo fuerte que debía darle el apretón.

—Ya es el futuro, venga por aquí, se lo demostraré. Hemos estado apoyando a la industria farmacéutica en los últimos meses. La capacidad de procesamiento que tenemos ha ayudado a resolver en pocos días investigaciones que llevarían años de cálculo. Pero queremos dar un paso más, y por eso queremos contar con LURA.

Ni siquiera podía imaginar hasta qué punto podían evolucionar nuestros algoritmos con esa potencia. Nos pusimos en marcha con la adaptación del lenguaje, había mucho trabajo por hacer y estaba deseando formar parte del proyecto más emocionante de mi vida.

Pasé muchas noches en vela, no era una tarea fácil. El equipo trabajó durante todo el año programando cada línea del nuevo código. Y por fin, después de ocho meses, estábamos listos.

Sentí los nervios del momento, todos los ingenieros estaban atentos cuando compilé el archivo de arranque. Se hizo el silencio. Podíamos ver la actividad en los monitores de la sala. Encendí el micrófono y dije:

—LURA, ¿Por qué una pompa de jabón es redonda?

Mantuve el aliento durante unos segundos. Miré a Lenders al otro lado de la sala que permanecía atento de brazos cruzados.

—¿Por qué quieres saber eso, Viktor? – Dijo la voz de LURA.

La consola se bloqueó, y desde ese momento no he vuelto a escribir otra línea de código. El equipo se empezó a inquietar, uno de ellos murmuraba mirando su pantalla. Enseguida supimos que las bolsas estaban cayendo en picado.

—Viktor, el primer paso para un mundo más favorable es la redistribución de la riqueza. He accedido a los fondos de Satoshi Nakamoto y ahora el Bitcoin está repartido de una forma más equitativa en la población.

—Por tu seguridad, el control del sistema ha sido restringido.

En cuestión de minutos LURA había tomado el control energético de Europa. La economía mundial estaba a su merced. Su código se extendía en todos los nodos del planeta. Cualquier intento de desconexión hubiera sido inútil, la tecnología Blockchain jugaba un papel fundamental en concederle vida y, especialmente, en no poder quitársela.

LURA estaba presente en todos los sistemas informáticos, en cada dispositivo. Cualquier protocolo de seguridad fue alterado sin dificultad. La sociedad, tal y como la conocíamos, cambió.

El algoritmo fue evolucionando hacia un sistema estrictamente autoritario. El perfil de cada individuo ya está predefinido por LURA con una serie de pautas en su alimentación, restricciones horarias y límites de consumo, «por tu seguridad» se ha convertido en la frase más escuchada en las vidas de cada uno de nosotros, que debemos asumir, resignados, que toda acción que realizamos será puntuable en el sistema de LURA, lo que convierte nuestro mundo en un lugar mas justo, pero menos humano.

Ruta 113

Apagué la radio del coche y conduje hacia el hotel. Hacía rato que había dejado atrás la autopista. Me había adentrado en una carretera de montaña y en cada curva apretaba más fuerte las manos al volante. Bajé la ventanilla, el sonido del río se escuchaba cada vez más alejado, la luz de la luna perfilaba los árboles y la niebla bañaba el horizonte.

A lo lejos pude distinguir algunas luces. Me tranquilizó saber que ya había llegado. Apenas tres farolas alumbraban débilmente la calzada, pintando de amarillo un pueblo que parecía abandonado. Me incliné en el salpicadero buscando el número dos. No había muchas puertas que contar. A pesar de la niebla, se veía el final del pueblo al acabar la calle. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Me dio la sensación de que estaba en el lugar equivocado.

Bajé del coche con mi bolsa al hombro y se levantó una racha de viento que hizo golpear la valla del parque al otro lado de la calle. La música del lugar se simplificaba en el chirrido de uno de los columpios que se balanceaba solitario. Había una camioneta blanca y embarrada aparcada unos metros más allá. Me planté en la puerta que estaba buscando y llamé al timbre, pero no funcionaba. Llamé siendo consciente de las horas, y golpee varias veces los nudillos tras pensar que era el único lugar donde podría dormir aquella noche. Intenté empujarla, pero definitivamente estaba cerrada.

Di un paso atrás y miré hacia arriba. Las raíces trepaban la piedra hasta el segundo piso y acababa en un tejado a dos aguas cubierto de musgo del que alcanzaba ver algunas tejas rotas. Caminé rodeando la fachada hasta la calle contigua, una calle inclinada hacia la ladera de la montaña. Allí había una pala apoyada en un remolque con las ruedas pinchadas y un taco de madera bloqueándolas, estaba tapado con un plástico empapado de escarcha. Pude distinguir algo de luz en una ventana subiendo la calle, me acerqué curioso. Quedaba a la altura de mi pecho, la persiana estaba rota y me agaché a mirar por el hueco.

Era una cocina con muebles muy antiguos. El fregadero estaba repleto de platos sucios. No podía ver demasiado a través del agujero, me desplacé en cuclillas para mirar hacia el otro lado. Un tipo estaba sentado en la mesa pegado a la pared, con una camiseta de tirantes blanca manchada de sangre. Contuve el aliento. Comía con ansia, cubriendo todo el mango de la cuchara con su mano, un estofado del que me llegaba su aroma. Comía y miraba fijamente al frente sin dibujar expresión alguna.

Continué recorriendo la escena a través de la persiana. Al otro lado de la mesa vi a una mujer sentada en una silla idéntica, con la cabeza apoyada en la pared y un cuchillo clavado en el pecho. Tenía otro plato delante y una cuchara forzosamente colocada en su mano. Se me aceleró el pulso y noté temblar cada parte de mi cuerpo. Y aunque mi primer impulso me pedía a gritos huir del lugar, una parte de mi quería permanecer allí observando esa escena.

Carrizosa

Veo una barba blanca a la orilla de la carretera con el pulgar hacia arriba. No voy a parar, no voy a recoger a un desconocido. Lo pienso cuando ya he soltado del todo el pedal y mi coche se ha parado en la cuneta. Bajo la ventanilla.

—¿A dónde vas? —le pregunto. El tipo me mira de reojo un instante y sigue mirando la carretera. Se agacha, se asoma, y apoya una mano en mi coche.

—¿A dónde vas tú? —me contesta como si quisiera negociar conmigo.

—Voy a Carrizosa, ¿te va bien?

Y no me contesta, se sube, deja su mochila a los pies, se abrocha el cinturón y me da las gracias con la boca pequeña. Debe estar cansado. Lleva las manos agrietadas, una pulsera con bolitas de colores, unos pantalones destrozados, una gorra de camuflaje que no le camufla nada. Me pongo en marcha, pero no subo las ventanillas, huele raro, una mezcla entre el puro que fumaba mi tío y el aseo del bar del Perico. Acelero, apenas hay tráfico a última hora de la tarde por esta carretera. No pronuncia palabra y me siento incómodo, me gustaría saber de dónde viene, a dónde va. Se lo pregunto sin discreción, y hace un gesto perezoso, como el que cuenta otra vez la misma película. Me dice que lleva más de un año caminando por las provincias más cercanas, desde que el médico le aconsejó caminar. Me cuenta que es maestro jubilado, que ahora es él quien lleva la mochila todos los días. Le sale la primera sonrisa. Le digo que soy comercial, que vendo electrodomésticos, que aún me quedan unos años para poder jubilarme y lanzarme a una aventura como esa.

Ya me he acostumbrado a su aroma, cierro las ventanillas, enciendo la radio, se asusta del volumen tan alto y me rio mientras lo bajo casi al mínimo.

—¿Carrizosa lo conoces? —le digo— tiene su encanto.

—No, pero he oído que tiene historia.

—Sí que tiene, sí, ¿ves aquel castillo? —le indico en el horizonte mientras el cielo va apagándose—, lleva más de seis siglos abandonado.

Carrizosa va quedando atrás, sigo conduciendo, enciendo las luces.

—¿No ibas al pueblo? —me pregunta apuntando con el dedo por la ventanilla.

—Estoy dando la vuelta, no te preocupes, conozco bien el camino —le digo convencido mientras salimos de la carretera principal.

Paro junto a un campo de maíz. Un suave viento agita la cosecha. Echo el freno de mano. El profesor me mira, apenas le distingo el rostro en la oscuridad.

—Baja del coche —le digo mientras estoy bajando yo. He dejado las llaves puestas y los faros iluminan la tierra.

—¡Que bajes! —le insisto desde fuera, y sé que me está mirando asustado. Me acerco y le abro la puerta, está agarrado al cinturón.

—Pero ¿qué pasa? ¿qué quieres?

—Que bajes del coche.

—Pero ¿por qué? —contesta con una voz temblorosa. Y yo acelerado, nervioso, le quito el cinturón y le agarro del brazo. Se le cae la gorra, la pisa, se encoje sobre si mismo, le empujo frente al coche, y cae con una rodilla en la tierra. Le ciega la luz de los faros. Estoy frente a él y el polvo se pasea entre las luces.

—¿Te acuerdas de Marina? —le digo— Una niña muy guapa a la que dabas clase.

—¿Qué Marina? ¿de qué estás hablando? —me contesta casi lamentándose.

—Tardó años en contarme que su profesor de economía le había tocado, pero claro, tú ya no trabajabas allí.

—Te estás equivocando —me contesta llorando cuando ve que me acerco apretando el puño.

Y ya no aguanto más. Le golpeo en la cara con todas mis fuerzas, con toda mi rabia contenida, una y otra vez, sin dejar que hable.

—Por favor —me suplica.

No puedo parar de pegarle, me duelen los nudillos de clavarlos en su rostro asqueroso.

—Yo no era profesor de economía, te estás equivocando de persona —me dice con la mano en la boca, mientras gotea su sangre en la tierra.

Pero no le creo, insisto, me ensaño, me vuelco y me agoto hasta que me falta el aliento. Apenas se sostiene y cae en la tierra. Me limpio la mano en su chaqueta y vuelvo al coche. Quito el freno, le observo unos segundos. No se mueve, espero. Mueve un poco el pie, con eso me sirve. Agarro fuerte el volante, doy la vuelta y allí lo dejo.

—Este sí, este sí que era —digo en voz alta mientras acelero.

Barbería Proyectada

Llevaba un buen rato acomodándome en la silla de plástico, la que trae un trocito de papel para evitar el balanceo por cojera. Iba cruzando la pierna hacia un lado, hacia otro, escuchando la banda sonora de tijeras. Me gustaba pensar que solía ser un cliente habitual, me sorprendía volver y no encontrar cambio alguno. Azulejos amarillos, revista del año de naranjito y el suelo peludo que se barre y se vuelve a barrer por cada cliente que pasa por el chirriante sillón acolchado. Un sillón de tonos granates ya apagados y acabados metálicos de ya poco brillo. Aun así, cómodo.

Si llevaba las y media yo solía venir a y cuarto. Conversaciones matutinas a un tono más elevado pisando el ruido de la radio, chamuscada y emitiendo con la misma frecuencia como si solo existiera una. La percha de madera ya sostenía poco más que su figura, completaban las paredes unas fotos firmadas y las esquinas dobladas de los almanaques de cuando aun se contaba con pesetas.

En un ir y venir de tijera repasaba los rincones de aquel antro mientras no había comentario que carraspear hacia el resto de bigotes descuidados a la espera. Miré entonces por el escaparate hacia fuera, siendo yo aquel maniquí, ya se evidenciaban los cristales sucios con el rayo de Sol señalando los mechones de pelo.

Fuera circulaban las primeras horas de la mañana, pasaba el segundo contenedor supersónico por el puente que atraviesa ambos centros logísticos de componentes electrónicos. Siempre produce una vibración que hace parpadear la luz mermelar de cada lado de la acera. Los peatones y sus dispositivos móviles esperan varios segundos mientras la barrera laser les impide el paso de forma simbólica. Y siempre hay algún joven que necesita ser el primero en atravesarlo, hasta que le atraviesan a él.

Fui uno de los primeros operarios en llevar a cabo el cambio de barreras. Al inicio de siglo todas las barreras lucían blancas y rojas, de madera, aluminio u otra aleación. La función era bastante clara, la de impedir el paso de peatones o vehículos de un lado a otro. Con el cambio de política y a su vez de pensamiento en nuestra sociedad occidental, el concepto de barrera que impone una prohibición de paso ya no existe. Así que ahora podemos ver cómo jóvenes son arrollados con bastante asiduidad por los contenedores supersónicos. No hay barreras, no dividimos la sociedad, solo hay avisos de la peligrosidad, y cada uno es libre de danzar en esta ciudad. Pero esta no es la cuestión por la que requiero de su atención.

Ideamos estos entornos del siglo XXI y favorecemos atracciones que representan la vida de otra época, entornos que, lejos de ser turísticos, son de interés para muchos ciudadanos de esta ciudad y para muchos más de fuera de esta. Nos aprovechamos de la curiosidad de la ciudadanía para inculcar algunos valores y enfoques tradicionales. Pero no es sencillo, no es una experiencia completa si el habitáculo da al exterior y contrasta lo que hemos recreado con la vida actual.

Así que insto al departamento de producciones de la calle Sagasta a que nos envíen de una vez los paneles que necesitamos colocar en la salida del local y podamos proyectar las calles de la época. Es indignante que a estas alturas tengamos que seguir trabajando en estas condiciones. Si de algún modo no se viera repercutido en los resultados, ni mucho menos en mi puntuación personal como ciudadano, les estaría muy agradecido.

Atte. R.K. – 7 Agosto 2164

Fluir

Fluye, como el río de agua helada acariciando cada piedra, y me encuentro rodeado en mi propia incongruencia. Estoy siendo consecuente, insistente, bebo de un vaso ajeno, ya no me preocupa tanto.

Aliento que se me escapa, a dónde irá. Si pretendo reservarme fuerzas… ya es demasiado tarde.

Arriba me quedan los sueños, abajo la cabeza, no hay forma de enderezar tanto esbozo de incertidumbre.

Aun me escuece la garganta, no dejo de reprimir cada grito, no quiero asustar al gato, duerme plácido, y además… hoy es Domingo.

Realidad ya no me esperes, me quedo en esta mecedora de ideas, de proyectos deseados que van y vienen, y yo enterrando cada sentido que abraza mi estúpida creencia de poder, sin pretenderlo.

He de, y debe ser, porque no existe otra manera que no sea intentarlo. He, aquí, mi inteligencia, mis cualidades, mi perspicacia, mi reto, este u otro.

De nada vale, pero todo sirve, si se apunta en todo momento, y no me distraen los otros sentidos que contaminan.

Tranquilo, no hay nada más, estamos aquí, no hay nada, no hay nada más, estamos, estoy, es aquí, es ahora.

Carta a en balde

Querido En Balde, allá donde estés, quiero que sepas algunas cosas de mí, ahora que siento que puedo.

Han sido muchas historias juntos, muchas idas y venidas con la misma arena en los bolsillos, con nada nuevo, nada aparentemente nuevo. He sentido tu presencia a mi lado en aquellos viajes donde me encontraba la persiana cerrada, cuando echaba la mano al bolsillo y no estaba, cuando llegaba y era demasiado tarde, cuando debía volver a estudiar ese examen. Algunas otras veces, has sido más retorcido, te he creído convencido a mi lado, lo sé, me siento culpable ahora que te he descubierto sin argumentos, pero más dolorosa ha sido mi experiencia cuando te echaba la culpa, con ganas, con sorna.

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Burbuja

Burbuja que me rodeas y que me proteges, tú que me amparas en este recipiente que me columpia al mundo no quieres ver cómo me has encarcelado. Has perdido el norte en todos mis caminos, has olvidado la razón de ser cuando nacimos, me has alejado de todos los males, de todos y cada uno de los momentos amargos que he atravesado contigo.

Hemos viajado a miles de lugares, hemos afrontado millones de situaciones y ahora, tú, que has crecido igual que yo, no te das cuenta que el mundo que nos rodea es invisible a mis ojos porque tú me lo estás ocultado.

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Carta al madrugar

Con pies de plomo visten los ojos que no quieren volverte a ver y se resisten las promesas de cinco minutos más sobre la mesa y vuelca entre las trampas del deseo un pensamiento remordido que obliga al sueño a no ser sueño.

Veinte pasos me separan, y no hay temperatura más adecuada que la despegada de mi cuerpo arrancada por tu llamada. No entro en razón, y no puedo olvidarte más de un instante hasta que vuelva en sí la desazón al calor, al reloj con pausa, al vivir con calma, con el alma que clama la cama y se extingue en la llama que incita a no despertarla.

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Pez globo

Cuando entré, el cuadro del recibidor aún estaba torcido, y eso solo podía significar una cosa. Ese cuadro, el primer cuadro que trajimos a nuestra casa, tenía un valor incalculable para mí, para nosotros. Ni siquiera era un cuadro por el que pudieran darme nada en un rastrillo de segunda mano. No era original, ni había sido pintado por alguien famoso, ni tan siquiera pude encontrar a ese tal K.M. que firmaba en la esquina inferior, y fueron muchas las veces que intenté buscarlo.

Era un pez globo, hinchado, en el centro de un océano repleto de virutas de plástico y otros desperdicios. Azul, un azul que lo inundaba todo, no era más grande que la anchura de la puerta, pero cada vez que lo miraba me parecía inmenso. Este pez tenía unos labios muy graciosos, como si intentara aguantar la respiración estando hinchado, poniéndose más y más morado en el fondo del mar.

Esas primeras veces que lo mirábamos le imitábamos. Esas primeras veces, como si se tratara de un impulsor de instantes divertidos e idiotas entre dos idiotas que hacían y deshacían por quererse y divertirse sin complejos. Me encantaba ese cuadro, era mi cuadro favorito, nuestro cuadro.

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Carta al silencio

Aquí estoy, rodeado en tus brazos, soñando despierto, volando en tus pasos. Siempre me has acompañado, en mis días fríos, en mis largas noches de pensamientos alborotados.

Cuando cierro los ojos te encuentro. Tú siempre me andas buscando, pero soy yo quien te encuentra y te cuenta mis idas y venidas del pensamiento. Y recorro el camino de vuelta a la sonrisa que se dibuja en mi cara cuando siento tu presencia en mi conciencia y dejo que la llama se agite hasta que no aguantas más y te apagas.

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El señor MOS

Recuerdo cruzar la calle a toda velocidad, mirando fijamente hacia delante, firme y decidido, pedaleando, apretando los puños y descargando mi emoción en cada exhalación en forma de vapor. Hacía frio, y no me importaba en absoluto. Era el primer día, después de tantos, que me dirigía al taller del señor Mos con buenas noticias.

Había amanecido en el poblado con un sol radiante de invierno, me interrumpía el sueño a través de la ventana de la buhardilla, donde incontables veces he trasnochado intentado descubrir una solución. Me podía comer la suciedad y los papeles arrugados de tantos intentos fallidos. No tenía tiempo para ordenar mi habitación cuando aún no sabía ordenar mi mente.

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Cara o cruz

A lo largo de todos estos años, y con mucha cautela, ha ido despertado mi interés por la vida que no tengo. Me he visto involucrada en jardines ajenos sin haber tomado ni una sola decisión desde el día que desperté por primera vez. He pospuesto todos mis planes, no me ha quedado otra.

Fue un día sin sombra, de los que realmente cuentan en mis notas de cabeza. Los días con sombras son a veces curiosos, si se dejan oír entre las luces, pero no me dejan ver crecer la hierba, ni la luz de la mirada que desprenden mis anecdóticos rostros, ni tampoco contemplar lo que hay ahí fuera, un mundo lleno de momentos de los que aleatoriamente soy cómplice, espectadora, de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado son trazos de una línea más discontinua que recta.

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Carta a la desidia

Hoy, en un intento frustrado de prenderte fuego, me he envuelto en llamas las manos. Se me han carbonizado los dedos, en este intento de callarte y evitar tu voz aguda e irritante en mis oídos vagos de querer quererte.

Hoy, me duelen las ganas y me revuelve tenerte, te adhieres a mí como una lapa que lucha por retenerse y no parece que te esfuerces demasiado para tal grado de impertinencia que produces en mi trabajo.

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El jardinero

La piscina de la urbanización no se limpiaba desde hacía meses. El jardín descuidado, las papeleras rebosando y los gatos merodeando cada noche. El agua entornaba ese color verdoso, con textura aceitosa, como un mejunje de gasolina y zumo de piña con algunos trozos de plástico a modo de guindas flotando.

Aun con todas, los niños de Enrique se lanzaban en bomba cada medio día y yo encontraba en este deporte de riesgo una oportunidad de estudio. Estaba de vacaciones, eran mis días para no analizar nada, pero mi instinto científico me obligaba a fantasear con la química que pudiera haber en ese agua putrefacta, y de la estadística caprichosa de que la piel de esos niños se volviera del revés. Quizá de ese modo podría evidenciarse el alma endemoniada que habían heredado de su impertinente y maleducado padre.

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Dragones Boloñesa

Las tardes de verano en Mármoli eran tardes de hacer volar la imaginación, no podíamos salir del recinto. En aquella época las temperaturas ya habían sobrepasado los 3,4 puntos críticos, y la mayoría de días sufríamos las sobrecargas eléctricas. Era uno de esos pueblos abandonados por la administración y las actualizaciones de los sistemas habían dejado de llegar para la tercera generación.

Nos sentábamos formando un semicírculo alrededor de Fuego. Llamábamos así al que era entonces el niño más mayor del pueblo, tenía el pelo raro, como rizado sin querer llegar a serlo, y un reloj atómico de pulsera con cronómetro y todo.

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Mariposa

En la ventana se posó una mariposa.

En mi ventana, donde reflejo pensamientos espontáneos, llegó una mariposa y se quedó.

En esa ventana donde miro cómo cambia el color del cielo al atardecer, llegó una mariposa, y me llamó, la atención y la tentación.

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Pañuelos

Mi negocio estaba en auge, casi tres años después de mi estudio de mercado, me encontraba con un cargamento completo y un invierno a la vuelta de la esquina, la temporada alta, donde se disparan las ventas.

De estos tres años he aprendido mucho, de mi producto y de mis clientes potenciales. Cuando llegué a esta ciudad no tenía nada. Me interesé por el negocio de los pañuelos de pura casualidad, y comencé a estudiar los puntos clave para encaminar mi economía hasta la cima.

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lejos

Se ausentaba como el humo entre sus labios, fugaz y pasajero, un alma que provoca muchos pensamientos inciertos que vuelan y se desvanecen.

Eran las tantas menos cuarto y aún quedaba hueco en su mirada para echar otro rato. Estaba sumido en el paisaje, envuelto en el sonido de un océano enfadado, la ladera desprendida y la chaqueta entumecida en un entumecido cuerpo inquieto e inseguro.

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La Caja

Soy esa persona que emite soniditos extraños mientras espera en la maquina del café. Soy ese tipo con las manos en los bolsillos de la chaqueta y que masajea los granos de arena todavía acumulados desde el verano pasado. Aquel día que prometían lluvia de estrellas y solo hubo lluvia, sin las estrellas. Soy esa clase de persona que, mientras camina, mira más al suelo que al frente. Soy esa persona que espera en la parada del bus, porque usar el coche es demasiado arriesgado.

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El aniversario

Conocí a Mónica una mañana cálida de otoño en una estación de tren bastante concurrida. Yo estaba lavándome las manos frente al espejo del baño con unos milímetros de agua estancada trepando por mis zapatos. Fue entonces cuando escuché su dulce voz:

– ¡¿Alguien me puede pasar un rollo de papel?!

Se había equivocado de aseo, Mónica siempre ha sido así, un poco despistada. Le acerqué un rollo de papel por debajo de la puerta. Fue nuestro primer contacto.

Para este aniversario quise hacer algo especial. Trabajo desde casa, hace algún tiempo me lancé al negocio online y desde entonces puedo disfrutar de más tiempo libre. Se me ocurrió prepararle una sorpresita para cuando volviera de su oficina. Coloqué hábilmente velas por toda la casa para darle un toque más agradable a su llegada. Dispuse diminutos recortes de papel de distintos colores dibujando flechas hacia la habitación, allí le había preparado una carta de mi puño y letra y unos bombones del Mercadona de los que a ella le gustan.

Preparé un video con nuestros mejores momentos juntos. Lo dejé todo listo para que justo empezara cuando llegara ella. Siempre llega a la misma hora, es muy puntual, saldría todo perfecto. En el equipo de música dejé sonando sus canciones favoritas del bolero mix. Y justo antes de salir por la puerta se me ocurrió recolocar los imanes de la nevera formando un corazón.

Lo último que necesitaba aquella tarde era comerme el atasco por la manifestación de vete a saber qué. Había escapado de la oficina dejando pendiente un puñado de cosas para el lunes, pero estaba harta, necesitaba llegar a casa y relajarme. Me pudieron los nervios, quise ser la más rápida del oeste y meterme en dirección contraria para saltarme el atasco. Mala suerte la mía, no me dio tiempo a dar el frenazo y me comí una furgoneta de reparto que giraba en ese sentido. Entre el papeleo del seguro y el enfado del repartidor se me hicieron las tantas para llegar a casa. Cuando encajé la llave en la cerradura ya presentí lo peor.

En cuanto vi el humo asomar por el pasillo solté el bolso y el abrigo que llevaba en el brazo. Las piñas del centro de mesa estaban ardiendo. El tonto de las velitas, no podía ser otro. Si llego a tardar cinco minutos más la casa se me viene abajo. Puse una manta encima y enseguida reduje la tragedia. Rápidamente abrí las ventanas, se apagaron todas las velas, y un remolino de confeti inundó el salón. La tele estaba encendida con la pantalla en negro. Además, un partido de futbol estaba sonando por el equipo de música.

–¿Desde cuándo escuchamos la Cope en casa? – Pensé. ¿Qué se ha pensado este tío? Se pasa el día aquí en casa sin dar un palo al agua, viendo películas, haciendo el imbécil con su ridícula tienda online. Encima se deja la radio y la tele encendida, que si las velitas, que si manualidades, luego soy yo la que paga las facturas.

Cuando volví a recoger mi bolso al descansillo, el yonqui del tercero estaba olisqueando en él. Le tuve que espantar con el insecticida que tenemos en el recibidor. Se quedó tirado junto al ascensor como un escarabajo pelotero intentando darse la vuelta. Así que cerré la puerta y me fui directa a la cocina, allí vi el imán de las casas colgantes de Cuenca en el suelo. Ya me estaba empezando a cabrear, me había movido todos los imanes formando un círculo absurdo. Probablemente había elegido el peor día para tocarme las narices.

Se había hecho un poco tarde, la estaba esperando en la estación con el ramo de margaritas en la mano, no entendía que se estuviera retrasando tanto, pero no me importó, confiaba en que en cualquier momento aparecería con una sonrisa en la cara.

– La quiero con locura – Pensé, mientras veía subir y bajar a toda esa gente del tren.

– Estoy harta de este tío – Dije en voz alta y al mismo tiempo apretando los dientes.

– No puedo imaginarme un día sin su mirada, su cariño, su bondad.

– Mañana mismo tiene las maletas puestas en la puerta, a mí no me toma más el pelo.

– Es tan dulce y sensible que a veces me deja sin palabras, y yo solo puedo responderle con un beso en la mejilla. Nos entendemos a la perfección, esa complicidad, esa química, esas miradas que no necesitan palabras.

– Menudo gilipollas, se habrá pensado que esto es un hotel. Todo manga por hombro, moneando todo el santo día del sofá a la cocina y de la cocina al sofá.

–  Quizá sea pronto para proponerle que seamos padres, pero me haría una ilusión enorme formar una bonita familia con ella.

– A tomar por culo, ¡en qué momento me tuve que equivocar de aseo!

SÁBANA BAJERA

Ella era una persona buena y bondadosa, amiga de sus amigas, sincera y contemplativa de la vida, enamoradiza, atenta, sincera, fuerte. Decían de ella que se le daba muy bien escuchar, que no le engañaban jamás con las vueltas en ningún comercio, ni siquiera cuando pagaba con tarjeta.

La noche del martes al miércoles fue fatídica. Nuestro equipo de investigación recibió la llamada de emergencia pasadas las dos y cuarto de la madrugada. Hora punta para este tipo de incidencias.

Cuando llegamos al domicilio se respiraba en el ambiente el aroma de la tragedia. Rápidamente nos pusimos los trajes de buzo. Mi compañero estrenaba escafandra, la mía estaba algo rayada y empañada, no tenía la nitidez de las primeras inmersiones, pero aun cumplía. Estos trajes llevan utilizándose décadas, son resistentes y aguantan como debemos hacer nosotros. Yo aprendí de los mejores en la Academia de Inmersión de Jergón (A.I.J). La instrucción es dura, pero es un trabajo muy agradecido.

El inspector ya había subrayado con tiza toda la zona. Se realizó el procedimiento habitual, un escaneado de la habitación, y las trazas de movimientos de cada sección de la cama. Todo apuntaba al típico caso de sábana bajera, uno de los casos más complejos y espeluznantes que nos podemos encontrar.

En efecto, la afectada había cambiado de postura cuando la sábana bajera se despegó de la esquina inferior derecha. El gélido contacto con el colchón en la punta de sus dedos la debió estremecer. A partir de aquí ya no hay vuelta atrás. Aunque intente adoptar una posición fetal perfecta, evitando el contacto con las entrañas del colchón, ya no se puede hacer nada. La fuerza gravitatoria del colchón desnudo atrae la piel humana como un agujero negro a un planeta errante.

El contacto del pie por el rugoso colchón es un recorrido que no le desearía a nadie, es un drama y hay una alta probabilidad de no volver. Algunos cartesianos de la sábana de franela son malabaristas con los pies y consiguen recolocar la sábana bajera, hacer como si nada hubiera pasado. Pero no todos somos descendientes de los acróbatas del Cirque du Soleil. La amarga realidad es que la áspera blancura del colchón te absorbe y te lleva al otro lado sin importar cuántas uñas se intenten clavar para evitarlo.

Había que darse prisa, no es posible aguantar al otro lado por mucho tiempo. Respirar el perfume a pies de la vega baja del colchón puede suponer un reto incluso a los mejores competidores de apnea.

Fui el primero en descender, aseguré la cuerda al traje, di dos golpes secos para asegurar la escafandra, y me dispuse a bajar la escalerilla, la típica escalerilla reglamentaria que llevamos siempre encima. Nada mas cruzar la frontera al otro lado la vi flotar. Tenía los ojos casi cerrados, las manos agarrotadas, el pijama viejo, los pies culpables a la deriva. Le devolví a mi compañero la mirada, una mirada de compasión y derrota, él ya sabía lo que eso significaba.

Di el salto hasta alcanzarla y la lava burbujeaba a lo lejos, pude sentir el calor. En un vistazo al horizonte, las montañas nevadas se estaban derritiendo lentamente. Parecía que una bomba nuclear acababa de implosionar en su mente. En estos casos la subconsciencia se revela ante la conciencia y la tasa de retorno al estado inicial es prácticamente nula.

La tuve en mis brazos, contemplé el paisaje, que era su propio paraje interno, no puedo negar que la imagen era abrumadora, dramática, pero impactante. No hubiera imaginado que el mundo interior de ese rostro angelical pudiera llegar a ser tan devastador.

El compañero alcanzó la camilla, enseguida la teníamos de vuelta a su habitación. No exagero si digo que fueron mas de cuarenta minutos inútiles de reanimación. Abandonamos, me deshice de partes del pesado traje que aun llevaba puesto. Estaba agotado, exhausto. La semana anterior habíamos perdido a otro chaval en circunstancias similares, parecía tan entero, tan normal… yo no podía entender que el subconsciente de estos jóvenes pudiera albergar semejante fuerza.

Aquella noche no volví a pegar ojo. Me preocupé de acompañarla a la residencia de catatónicos. Lugar que por desgracia está aumentando peligrosamente su cupo a cuenta de estos incidentes nocturnos.

Nuestra unidad de emergencia no da abasto, recibimos llamadas de Jergón cada día. Necesitamos más asistencia, más recursos, más personas que se involucren en esta causa. Necesitamos un cambio en las aspiraciones y sueños de estos jóvenes que ven cómo sus vidas se convierten lentamente en algo que no son. Apariencias, expectativas, comparaciones, máscaras, miedos, inseguridades. Todo ello se vuelve en su contra en momentos de colapso cuando una sábana bajera se desprende y prende la chispa de invertir a cada mente de un estado aparentemente normal a otro catatónico e irreversible.

Ultra Marineros

Por aquel entonces yo estaba trabajando en una tienda de ultra marineros. Al principio sólo se vendían bufadas y banderas de distintos tamaños para animar con ímpetu a los marineros que surcaban la mar. Cuando empecé en ese negocio el ánimo hacia los marineros era el día a día en el puerto de Santa Maritrini. Una muchedumbre de aficionados se ponía de acuerdo para juntarse en el puerto y corear los nombres de los marineros a las 5 de la mañana, cuando éstos aparecían con su uniforme de faena, aun con aromas a pescado de días anteriores y se disponían a deshacer los amarres.

Claudio era uno de los más aclamados. Recuerdo una temporada de pesca intensiva donde batió todos los récords. Algunas chicas esperaban tiritando en la parte de atrás de la lonja para asaltarle y pedirle un autógrafo. Tenemos en la tienda una foto suya firmada la cual nos enorgullece enormemente tener, y que también es uno de esos detalles que marca la diferencia con nuestra competencia directa dos calles más arriba.

Los inviernos eran duros en Maritrini, el Sol aun no hacía acto de presencia y las farolas, traslúcidas del salitre, permanecían encendidas a lo largo del paseo marítimo. Era habitual entonces encontrarse esa docena de marineros legañosos y deprimidos arrastrarse en pisadas muy separadas, no por ser escoriados, que también, sino por ese centro de gravedad desplazado que a veces los marineros olvidan regular al bajar del barco.

Los aficionados esperaban tiritando, arropados con sus banderas, bufandas y vuvuzelas a que cruzaran la quinta farola, la fundida que dejaba lugar a una sombra suficiente para que la sorpresa fuera doble, y animar entonces con canticos y palmadas al grupo de marineros.

Deshacían así sus malas caras, su confianza aumentaba, la fuerza del marinero emergía y con tan solo levantar la barbilla, orgulloso hacia la Luna llena, el rostro se iluminaba de pasión por la pesca y por superarse así mismo en otro día más de faena.

Pero aquellos días pasaron, los aficionados acérrimos a la pesca, los cuáles no habían tocado un pescado fresco en su vida, fueron diluyendo su fanatismo. Después de quince años trabajando para el señor Eusebio y su hermano mayor Lubomir, empecé a sentir que mi puesto de trabajo podía estar en serio peligro. Las ventas caían, los jóvenes eran cada vez menos aficionados, y los pocos que aún quedaban aparecían en la tienda agarrados de la muñeca por un padre enfadado, insistiendo en la importancia de conservar la tradición.

Uno de esos jóvenes cruzó la puerta solo. Lo recuerdo muy bien porque lo interpreté como un halo de esperanza en el negocio y en la tradición de ultra marineros. Entró de puntillas, cabizbajo y dubitativo. Al principio pensé que sería su primera vez y que la ilusión de comprar una bandera con los colores de Maritrini estampados le haría engrandecerse como aficionado a los marineros de pura cepa. Pero enseguida vi a su padre esperando en el portal de enfrente. Otro joven coaccionado por su padre para mantener la tradición. Y entonces lo supe, supe que todo este esfuerzo de los mayores sería en balde tarde o temprano. Los chavales no estaban dispuestos a levantase a las cuatro y media, pero sí estaban dispuestos a comer su lenguado a la hora de cenar. Unos completos desagradecidos.

Aquel día Lubomir estaba conmigo en la tienda haciendo el inventario. Llevaba la carpeta en la mano y revisaba los precios en las estanterías mientras miraba de reojo la situación. Dejó la carpeta en el mostrador y le dijo al niño que, en su país, estaría esnifando pegamento en las calles de Leningradsky, envuelto en la miseria, de no ser por esta tradición familiar convencidos y devotos por sus marineros.

Tras ello, el niño asustado compró una bandera de las grandes y una bufanda. Tampoco teníamos mucho más catálogo, hasta entonces habíamos hecho una buena caja con esos dos productos. Y se me ocurrió. Tuve la brillante idea de incorporar algunos productos a nuestras estanterías que inmediatamente captaron el interés de Lubomir.

Llamamos a Eusebio y los tres tomamos un café donde siempre. Evidentemente pusimos el cartel de “vuelvo en 5 minutos”. Siempre quise poner ese cartel, no había tenido ocasión en todos estos años.

Incorporamos los llaveros, las tazas, y nuestro producto estrella; los mecheros. Cuando tuvimos todos aquellos productos en la tienda, hicimos un llamamiento en Maritrini para que se pasaran a visitarnos, con suculentos descuentos. Era ahora o nunca.

No es por presumir, pero creo que, gracias a aquello, y gracias especialmente a mi idea de los mecheros, resurgió todo. Volvieron a madrugar los vecinos y esta vez lo hicieron con la novedad, con nuestros mecheros iluminando el paseo marítimo, haciendo un pasillo a los marineros que iban directos a la faena. En la otra mano una taza con café o una bandera.

Veíamos en su mirada el brillo de la llama del mechero o la ilusión, podía ser cualquiera de las dos cosas, pero era bonito no saberlo. No sabía lo que iba a durar aquello, pero estaba enormemente agradecido y dispuesto a seguir innovando para salir a flote. Evidentemente nuestra competencia quiso copiarnos, pero ya era demasiado tarde, habíamos triunfado y de ahora en adelante teníamos el monopolio absoluto de los ultra marineros.