Apagué la radio del coche y conduje hacia el hotel. Hacía rato que había dejado atrás la autopista. Me había adentrado en una carretera de montaña y en cada curva apretaba más fuerte las manos al volante. Bajé la ventanilla, el sonido del río se escuchaba cada vez más alejado, la luz de la luna perfilaba los árboles y la niebla bañaba el horizonte.

A lo lejos pude distinguir algunas luces. Me tranquilizó saber que ya había llegado. Apenas tres farolas alumbraban débilmente la calzada, pintando de amarillo un pueblo que parecía abandonado. Me incliné en el salpicadero buscando el número dos. No había muchas puertas que contar. A pesar de la niebla, se veía el final del pueblo al acabar la calle. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Me dio la sensación de que estaba en el lugar equivocado.

Bajé del coche con mi bolsa al hombro y se levantó una racha de viento que hizo golpear la valla del parque al otro lado de la calle. La música del lugar se simplificaba en el chirrido de uno de los columpios que se balanceaba solitario. Había una camioneta blanca y embarrada aparcada unos metros más allá. Me planté en la puerta que estaba buscando y llamé al timbre, pero no funcionaba. Llamé siendo consciente de las horas, y golpee varias veces los nudillos tras pensar que era el único lugar donde podría dormir aquella noche. Intenté empujarla, pero definitivamente estaba cerrada.

Di un paso atrás y miré hacia arriba. Las raíces trepaban la piedra hasta el segundo piso y acababa en un tejado a dos aguas cubierto de musgo del que alcanzaba ver algunas tejas rotas. Caminé rodeando la fachada hasta la calle contigua, una calle inclinada hacia la ladera de la montaña. Allí había una pala apoyada en un remolque con las ruedas pinchadas y un taco de madera bloqueándolas, estaba tapado con un plástico empapado de escarcha. Pude distinguir algo de luz en una ventana subiendo la calle, me acerqué curioso. Quedaba a la altura de mi pecho, la persiana estaba rota y me agaché a mirar por el hueco.

Era una cocina con muebles muy antiguos. El fregadero estaba repleto de platos sucios. No podía ver demasiado a través del agujero, me desplacé en cuclillas para mirar hacia el otro lado. Un tipo estaba sentado en la mesa pegado a la pared, con una camiseta de tirantes blanca manchada de sangre. Contuve el aliento. Comía con ansia, cubriendo todo el mango de la cuchara con su mano, un estofado del que me llegaba su aroma. Comía y miraba fijamente al frente sin dibujar expresión alguna.

Continué recorriendo la escena a través de la persiana. Al otro lado de la mesa vi a una mujer sentada en una silla idéntica, con la cabeza apoyada en la pared y un cuchillo clavado en el pecho. Tenía otro plato delante y una cuchara forzosamente colocada en su mano. Se me aceleró el pulso y noté temblar cada parte de mi cuerpo. Y aunque mi primer impulso me pedía a gritos huir del lugar, una parte de mi quería permanecer allí observando esa escena.