Cuando entré, el cuadro del recibidor aún estaba torcido, y eso solo podía significar una cosa. Ese cuadro, el primer cuadro que trajimos a nuestra casa, tenía un valor incalculable para mí, para nosotros. Ni siquiera era un cuadro por el que pudieran darme nada en un rastrillo de segunda mano. No era original, ni había sido pintado por alguien famoso, ni tan siquiera pude encontrar a ese tal K.M. que firmaba en la esquina inferior, y fueron muchas las veces que intenté buscarlo.

Era un pez globo, hinchado, en el centro de un océano repleto de virutas de plástico y otros desperdicios. Azul, un azul que lo inundaba todo, no era más grande que la anchura de la puerta, pero cada vez que lo miraba me parecía inmenso. Este pez tenía unos labios muy graciosos, como si intentara aguantar la respiración estando hinchado, poniéndose más y más morado en el fondo del mar.

Esas primeras veces que lo mirábamos le imitábamos. Esas primeras veces, como si se tratara de un impulsor de instantes divertidos e idiotas entre dos idiotas que hacían y deshacían por quererse y divertirse sin complejos. Me encantaba ese cuadro, era mi cuadro favorito, nuestro cuadro.

Un día, tuvimos una pelea absurda por algo relacionado con una mancha de lejía en una de mis blusas. No era mi blusa favorita, pero en ese momento me armé de razones para hacerle creer que lo era. Aun encuentro razones para enfadarme y no para entenderle, y eso me asusta.

Admito que no fue para tanto, pero cuando los gritos retumbaron en las paredes de la habitación, solo sentía querer huir de aquel momento y de aquel lugar, así que salí de casa dando el portazo más llamativo que pude dar para seguir manteniendo el tono de la situación en la que nos habíamos metido los dos.

Ese portazo, y ese temblor, esa rabia, y ese enfado, hicieron que nuestro pez globo se torciera hacia un lado. Así se quedó, al día siguiente, y al otro. Hasta que uno de los dos no pudo aguantar más y cedió, colocando el cuadro recto y en su sitio. Ese fue el final de nuestro enfado. Y desde entonces, cada vez que nos enfadamos, dejamos torcido el cuadro. Y así puede estar, torcido, como nuestro estado de ánimo, en desequilibrio, con ganas de querer volver a estar en armonía, pero con demasiado orgullo para dar el paso.

De eso hace ya doce años, así que, esta vez, cuando entré por la puerta y vi de nuevo el cuadro torcido, suspiré. Pensé un instante en los días que llevaba torcido el pez, y no recordaba cuántos.

Descolgué el cuadro y abrí la puerta de casa, lo mantuve bajo el brazo mientras bajaba las escaleras, desde el quinto piso, nuestro piso, formando un escándalo con mis zapatos. En el tercer piso, de forma impulsiva, me los quité y los dejé allí tirados. En el segundo piso brotaron las primeras lágrimas, y en el primer piso evité saludar a la amable señora Eugenia cuyas llaves resbalaron de sus manos al verme de esa forma tan inusual. No tenía tiempo de saludarla, ni de ayudarla, ni de comentarle aquello de ir fisgoneando los buzones del resto de vecinos.

Llegué hasta el portal, abrí la puerta, la pesada puerta de hierro que me golpeó el dedo meñique del pie y que me hizo estallar por completo.

En la calle, desorientada por las emociones que me atormentaban, sumida en la angustia y la desesperación de una situación tan difícil de sostener. Pensando en la lucha continua y diaria de una personalidad contra otra, rasgando cada vez más en la piel y magullando continuamente la idea de un futuro prometedor desde un pasado añorado. En esa calle, donde empezó todo, donde empecé a creer un día y al otro comencé a maldecir, en ese lugar, sin mirar a nadie, comencé a correr.

Y corría, como si llevara un dorsal en la espalda y unas zapatillas deportivas. La realidad es que aun llevaba el jersey rojo, el que pica. Los calcetines de colores que habían destapado los zapatos, aquellos que quedaron en algún escalón del edificio, y el cuadro bajo el brazo, mi cuadro querido que había dejado una sombra de su mismo tamaño en la pared del recibidor.

Corrí hasta la fuente de la plaza, rodeada de palomas que, asustadas, revoloteaban más allá de mis pensamientos. Insulsa sensación de agotamiento repentino. Recobrando el aliento y el dolor en los pies que me subía al alma, miré fijamente el agua cristalina saliendo de la fuente y mezclándose con el agua no tan cristalina del estanque, aún más asquerosa que el agua que rodeaba a mi pez globo.

Sin pensarlo dos veces lo lancé, y allí fue a parar, a su hogar, a sus aguas putrefactas, a su entorno descuidado al que ya debía estar acostumbrado. Me quedé mirando cómo mi pez globo aguantaba la respiración con sus simpáticos labios apretados mientras se hundía en el agua sucia y desaparecía ante mis ojos envueltos en lágrimas.

Relajada y aliviada, dejando ir todos mis problemas al fondo de un mar contaminado. Caminé de vuelta a casa, sintiendo felizmente el desprenderme, con la fuerza necesaria para avanzar, preparada para todo y sin zapatos que llevar.