Se ausentaba como el humo entre sus labios, fugaz y pasajero, un alma que provoca muchos pensamientos inciertos que vuelan y se desvanecen.

Eran las tantas menos cuarto y aún quedaba hueco en su mirada para echar otro rato. Estaba sumido en el paisaje, envuelto en el sonido de un océano enfadado, la ladera desprendida y la chaqueta entumecida en un entumecido cuerpo inquieto e inseguro.

Volví la mirada entre las piedras y las curvas, las formas y colores que dan vida a algo inerte. No era otro sonido cotidiano, ni la parte más débil que sostiene el viento entre sus manos.

No pedía perdón ni añoraba algún pasado, venia de muy lejos para descansar aquí su sombra y dejar de lado un rato el resto de cosas que molestan, que llaman a la puerta pidiendo algo, que suenan a un incordio presente y persistente.