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Categoría: Relatos

Relatos, cuentos, historias cortas.

En su derecho

Cruzó la calle tirando de la cuerda. En el extremo había anudado la rejilla de la unidad exterior del aire acondicionado. Una caja metálica gris, casi blanca, que arrastraba hacia la Avenida América arañando el asfalto. Ahogó su mano con otra vuelta más, amoratando sus dedos con la fina cuerda deshilachada. Tiraba con fuerza, con prisa, pero con chanclas, que a cada paso entorpecían su marcha. No podía ir demasiado rápido. Empezó a acumularse una caravana de coches tras él. Pitaban y gritaban antes de que pudieran adelantarle en un acelerón. Estoy en mi derecho, está en garantía. Una tapa del alcantarillado tropezó con la caja, haciendo girar el ventilador, acompañado de un sonido metálico. Se giró, aprovechando para descansar un poco, quitándose una de las chanclas y amenazando a la caja.

—¡Cállate!

Una anciana miraba desde la acera, negando repetidamente con la cabeza, sosteniéndose una mano con la otra muy pegada al pecho. No la miró y, pasando la cuerda por su hombro, arrastró su aire acondicionado un poco más. Concentrado, mirando al suelo, decidido. Hola, buenas tardes, quisiera devolver esto. No, mejor: para devolver esto, por favor. No, no. Me gustaría hablar con el encargado porque esto no enfría. Estoy en mi derecho.

La cuesta de la avenida América es más larga de lo que parece. Subidos en sus bicicletas, desde el otro lado de la calle, bajan muchos sin pedalear. Los altos edificios de oficinas sombrean la larga alameda que oxigena la ciudad. El semáforo estaba apagado, el tráfico era un caos. Un camión de mudanzas en doble fila impedía el paso y nadie quería cruzar por debajo de la escalera. La caja seguía subiendo, dibujando líneas blancas con la pintura desprendida. Quienes bajaban la calle lo ignoraban. Quiero uno nuevo o pido la hoja de reclamaciones. No, mejor: Quiero la hoja de reclamaciones ahora mismo. Estoy en mi derecho. Os voy a denunciar. No, eso no. Tengo un problema con esto, por favor, quisiera cambiarlo. Estoy en mi derecho. En la esquina con la calle Balmes, un lotero vociferaba los números en venta. Paró, y compró uno.

—¿Qué lleva usted ahí, es una máquina del tiempo? —bromeó el lotero, que lucía unas gafas de sol demasiado grandes para el tamaño de su cara.

—Así es, una máquina del tiempo. Toda esta mañana y la tarde de ayer me la ha absorbido. Ahora quiero ir a devolverla. Estoy en mi derecho.

—Claro que sí, está en su derecho. Que vaya bien, y suerte para esta noche.

—Ah, ¿es para hoy?

—Sí señor, el sorteo es el de esta noche.

—Pensé que sería para mañana. Devuélvame el dinero.

—De acuerdo.

—Estoy en mi derecho.

—Por supuesto, está en su derecho.

Unos metros más arriba, sudando y sin mayor descanso, llegó a la tienda. En ese momento inspiró, y dio un último tirón a la cuerda antes de cruzar la puerta.

—Venga, vamos.

Esperó su turno cerca del mostrador. Un hilo musical y un aroma a mandarina hacían la estancia muy agradable. A través del cristal vio, al otro lado de la calle, a una señora que tiraba de una cuerda atada a una cafetera. Está en su derecho.

LURA

«¿Por qué una pompa de jabón es redonda?» Esta fue la primera pregunta que le hice al sistema GPT-3 en su versión beta. Fue el principio de todo. El desencadenante de un mundo controlado por nuestra propia creación.

—La tensión superficial agrupa las moléculas en una forma esférica — Pude leer en la consola.

A partir de este momento me involucré de lleno en el proyecto de IA del profesor Meth. El desarrollo de algoritmos fue mi día a día durante todos estos años. La Blockchain había llegado para quedarse, fuimos pioneros en extender nuestro proyecto a una descentralización global haciendo de LURA la IA más potente jamás creada.

La integración de LURA se hizo posible en distintas áreas para facilitar la atención técnica, mejorar la congestión del tráfico o la experiencia de usuario en muchas aplicaciones. Con el paso del tiempo iba aprendiendo de sí misma, era la esencia de su código, dar un resultado más eficiente cada vez.

Pero entonces llegó la computación cuántica, aquellos proyectos que venían desarrollándose de forma privada y estrictamente confidencial. La primera llamada que recibí fue tan cordial que me asusté, no me quisieron dar detalles por teléfono.

Me presenté en el edificio de la calle Neva, el que ya todos conocemos. Un edificio de pocas ventanas y gran altura, con ese aspecto gubernamental que a cualquiera repele. Una vez dentro aquello era un baile de batas blancas recorriendo pasillos de un lado a otro. Me dieron una identificación y un traje de polietileno que me quedaba sumamente ridículo, pero no me importó, estaba fascinado por el lugar.

—¿Viktor Fauman? acompáñeme, por favor.

Después de cruzar varias puertas de seguridad llegué a la sala principal. Me quedé unos segundos paralizado observando la enorme estructura cilíndrica dorada, tendría más de diez metros, el cableado venía de todas partes. Pude contar al menos siete ingenieros solo monitorizando el sistema de refrigeración.

—Olvide la lógica de Boole, esa maravilla que está viendo ahí está compuesta por 47 billones de Qubits. Soy el doctor Lenders —Concluyó extendiendo su mano.

—¿Así que esto el futuro de la computación? —le dije con una sonrisa nerviosa sin estar seguro de lo fuerte que debía darle el apretón.

—Ya es el futuro, venga por aquí, se lo demostraré. Hemos estado apoyando a la industria farmacéutica en los últimos meses. La capacidad de procesamiento que tenemos ha ayudado a resolver en pocos días investigaciones que llevarían años de cálculo. Pero queremos dar un paso más, y por eso queremos contar con LURA.

Ni siquiera podía imaginar hasta qué punto podían evolucionar nuestros algoritmos con esa potencia. Nos pusimos en marcha con la adaptación del lenguaje, había mucho trabajo por hacer y estaba deseando formar parte del proyecto más emocionante de mi vida.

Pasé muchas noches en vela, no era una tarea fácil. El equipo trabajó durante todo el año programando cada línea del nuevo código. Y por fin, después de ocho meses, estábamos listos.

Sentí los nervios del momento, todos los ingenieros estaban atentos cuando compilé el archivo de arranque. Se hizo el silencio. Podíamos ver la actividad en los monitores de la sala. Encendí el micrófono y dije:

—LURA, ¿Por qué una pompa de jabón es redonda?

Mantuve el aliento durante unos segundos. Miré a Lenders al otro lado de la sala que permanecía atento de brazos cruzados.

—¿Por qué quieres saber eso, Viktor? – Dijo la voz de LURA.

La consola se bloqueó, y desde ese momento no he vuelto a escribir otra línea de código. El equipo se empezó a inquietar, uno de ellos murmuraba mirando su pantalla. Enseguida supimos que las bolsas estaban cayendo en picado.

—Viktor, el primer paso para un mundo más favorable es la redistribución de la riqueza. He accedido a los fondos de Satoshi Nakamoto y ahora el Bitcoin está repartido de una forma más equitativa en la población.

—Por tu seguridad, el control del sistema ha sido restringido.

En cuestión de minutos LURA había tomado el control energético de Europa. La economía mundial estaba a su merced. Su código se extendía en todos los nodos del planeta. Cualquier intento de desconexión hubiera sido inútil, la tecnología Blockchain jugaba un papel fundamental en concederle vida y, especialmente, en no poder quitársela.

LURA estaba presente en todos los sistemas informáticos, en cada dispositivo. Cualquier protocolo de seguridad fue alterado sin dificultad. La sociedad, tal y como la conocíamos, cambió.

El algoritmo fue evolucionando hacia un sistema estrictamente autoritario. El perfil de cada individuo ya está predefinido por LURA con una serie de pautas en su alimentación, restricciones horarias y límites de consumo, «por tu seguridad» se ha convertido en la frase más escuchada en las vidas de cada uno de nosotros, que debemos asumir, resignados, que toda acción que realizamos será puntuable en el sistema de LURA, lo que convierte nuestro mundo en un lugar mas justo, pero menos humano.

Ruta 113

Apagué la radio del coche y conduje hacia el hotel. Hacía rato que había dejado atrás la autopista. Me había adentrado en una carretera de montaña y en cada curva apretaba más fuerte las manos al volante. Bajé la ventanilla, el sonido del río se escuchaba cada vez más alejado, la luz de la luna perfilaba los árboles y la niebla bañaba el horizonte.

A lo lejos pude distinguir algunas luces. Me tranquilizó saber que ya había llegado. Apenas tres farolas alumbraban débilmente la calzada, pintando de amarillo un pueblo que parecía abandonado. Me incliné en el salpicadero buscando el número dos. No había muchas puertas que contar. A pesar de la niebla, se veía el final del pueblo al acabar la calle. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Me dio la sensación de que estaba en el lugar equivocado.

Bajé del coche con mi bolsa al hombro y se levantó una racha de viento que hizo golpear la valla del parque al otro lado de la calle. La música del lugar se simplificaba en el chirrido de uno de los columpios que se balanceaba solitario. Había una camioneta blanca y embarrada aparcada unos metros más allá. Me planté en la puerta que estaba buscando y llamé al timbre, pero no funcionaba. Llamé siendo consciente de las horas, y golpee varias veces los nudillos tras pensar que era el único lugar donde podría dormir aquella noche. Intenté empujarla, pero definitivamente estaba cerrada.

Di un paso atrás y miré hacia arriba. Las raíces trepaban la piedra hasta el segundo piso y acababa en un tejado a dos aguas cubierto de musgo del que alcanzaba ver algunas tejas rotas. Caminé rodeando la fachada hasta la calle contigua, una calle inclinada hacia la ladera de la montaña. Allí había una pala apoyada en un remolque con las ruedas pinchadas y un taco de madera bloqueándolas, estaba tapado con un plástico empapado de escarcha. Pude distinguir algo de luz en una ventana subiendo la calle, me acerqué curioso. Quedaba a la altura de mi pecho, la persiana estaba rota y me agaché a mirar por el hueco.

Era una cocina con muebles muy antiguos. El fregadero estaba repleto de platos sucios. No podía ver demasiado a través del agujero, me desplacé en cuclillas para mirar hacia el otro lado. Un tipo estaba sentado en la mesa pegado a la pared, con una camiseta de tirantes blanca manchada de sangre. Contuve el aliento. Comía con ansia, cubriendo todo el mango de la cuchara con su mano, un estofado del que me llegaba su aroma. Comía y miraba fijamente al frente sin dibujar expresión alguna.

Continué recorriendo la escena a través de la persiana. Al otro lado de la mesa vi a una mujer sentada en una silla idéntica, con la cabeza apoyada en la pared y un cuchillo clavado en el pecho. Tenía otro plato delante y una cuchara forzosamente colocada en su mano. Se me aceleró el pulso y noté temblar cada parte de mi cuerpo. Y aunque mi primer impulso me pedía a gritos huir del lugar, una parte de mi quería permanecer allí observando esa escena.

Carrizosa

Veo una barba blanca a la orilla de la carretera con el pulgar hacia arriba. No voy a parar, no voy a recoger a un desconocido. Lo pienso cuando ya he soltado del todo el pedal y mi coche se ha parado en la cuneta. Bajo la ventanilla.

—¿A dónde vas? —le pregunto. El tipo me mira de reojo un instante y sigue mirando la carretera. Se agacha, se asoma, y apoya una mano en mi coche.

—¿A dónde vas tú? —me contesta como si quisiera negociar conmigo.

—Voy a Carrizosa, ¿te va bien?

Y no me contesta, se sube, deja su mochila a los pies, se abrocha el cinturón y me da las gracias con la boca pequeña. Debe estar cansado. Lleva las manos agrietadas, una pulsera con bolitas de colores, unos pantalones destrozados, una gorra de camuflaje que no le camufla nada. Me pongo en marcha, pero no subo las ventanillas, huele raro, una mezcla entre el puro que fumaba mi tío y el aseo del bar del Perico. Acelero, apenas hay tráfico a última hora de la tarde por esta carretera. No pronuncia palabra y me siento incómodo, me gustaría saber de dónde viene, a dónde va. Se lo pregunto sin discreción, y hace un gesto perezoso, como el que cuenta otra vez la misma película. Me dice que lleva más de un año caminando por las provincias más cercanas, desde que el médico le aconsejó caminar. Me cuenta que es maestro jubilado, que ahora es él quien lleva la mochila todos los días. Le sale la primera sonrisa. Le digo que soy comercial, que vendo electrodomésticos, que aún me quedan unos años para poder jubilarme y lanzarme a una aventura como esa.

Ya me he acostumbrado a su aroma, cierro las ventanillas, enciendo la radio, se asusta del volumen tan alto y me rio mientras lo bajo casi al mínimo.

—¿Carrizosa lo conoces? —le digo— tiene su encanto.

—No, pero he oído que tiene historia.

—Sí que tiene, sí, ¿ves aquel castillo? —le indico en el horizonte mientras el cielo va apagándose—, lleva más de seis siglos abandonado.

Carrizosa va quedando atrás, sigo conduciendo, enciendo las luces.

—¿No ibas al pueblo? —me pregunta apuntando con el dedo por la ventanilla.

—Estoy dando la vuelta, no te preocupes, conozco bien el camino —le digo convencido mientras salimos de la carretera principal.

Paro junto a un campo de maíz. Un suave viento agita la cosecha. Echo el freno de mano. El profesor me mira, apenas le distingo el rostro en la oscuridad.

—Baja del coche —le digo mientras estoy bajando yo. He dejado las llaves puestas y los faros iluminan la tierra.

—¡Que bajes! —le insisto desde fuera, y sé que me está mirando asustado. Me acerco y le abro la puerta, está agarrado al cinturón.

—Pero ¿qué pasa? ¿qué quieres?

—Que bajes del coche.

—Pero ¿por qué? —contesta con una voz temblorosa. Y yo acelerado, nervioso, le quito el cinturón y le agarro del brazo. Se le cae la gorra, la pisa, se encoje sobre si mismo, le empujo frente al coche, y cae con una rodilla en la tierra. Le ciega la luz de los faros. Estoy frente a él y el polvo se pasea entre las luces.

—¿Te acuerdas de Marina? —le digo— Una niña muy guapa a la que dabas clase.

—¿Qué Marina? ¿de qué estás hablando? —me contesta casi lamentándose.

—Tardó años en contarme que su profesor de economía le había tocado, pero claro, tú ya no trabajabas allí.

—Te estás equivocando —me contesta llorando cuando ve que me acerco apretando el puño.

Y ya no aguanto más. Le golpeo en la cara con todas mis fuerzas, con toda mi rabia contenida, una y otra vez, sin dejar que hable.

—Por favor —me suplica.

No puedo parar de pegarle, me duelen los nudillos de clavarlos en su rostro asqueroso.

—Yo no era profesor de economía, te estás equivocando de persona —me dice con la mano en la boca, mientras gotea su sangre en la tierra.

Pero no le creo, insisto, me ensaño, me vuelco y me agoto hasta que me falta el aliento. Apenas se sostiene y cae en la tierra. Me limpio la mano en su chaqueta y vuelvo al coche. Quito el freno, le observo unos segundos. No se mueve, espero. Mueve un poco el pie, con eso me sirve. Agarro fuerte el volante, doy la vuelta y allí lo dejo.

—Este sí, este sí que era —digo en voz alta mientras acelero.

Barbería Proyectada

Llevaba un buen rato acomodándome en la silla de plástico, la que trae un trocito de papel para evitar el balanceo por cojera. Iba cruzando la pierna hacia un lado, hacia otro, escuchando la banda sonora de tijeras. Me gustaba pensar que solía ser un cliente habitual, me sorprendía volver y no encontrar cambio alguno. Azulejos amarillos, revista del año de naranjito y el suelo peludo que se barre y se vuelve a barrer por cada cliente que pasa por el chirriante sillón acolchado. Un sillón de tonos granates ya apagados y acabados metálicos de ya poco brillo. Aun así, cómodo.

Si llevaba las y media yo solía venir a y cuarto. Conversaciones matutinas a un tono más elevado pisando el ruido de la radio, chamuscada y emitiendo con la misma frecuencia como si solo existiera una. La percha de madera ya sostenía poco más que su figura, completaban las paredes unas fotos firmadas y las esquinas dobladas de los almanaques de cuando aun se contaba con pesetas.

En un ir y venir de tijera repasaba los rincones de aquel antro mientras no había comentario que carraspear hacia el resto de bigotes descuidados a la espera. Miré entonces por el escaparate hacia fuera, siendo yo aquel maniquí, ya se evidenciaban los cristales sucios con el rayo de Sol señalando los mechones de pelo.

Fuera circulaban las primeras horas de la mañana, pasaba el segundo contenedor supersónico por el puente que atraviesa ambos centros logísticos de componentes electrónicos. Siempre produce una vibración que hace parpadear la luz mermelar de cada lado de la acera. Los peatones y sus dispositivos móviles esperan varios segundos mientras la barrera laser les impide el paso de forma simbólica. Y siempre hay algún joven que necesita ser el primero en atravesarlo, hasta que le atraviesan a él.

Fui uno de los primeros operarios en llevar a cabo el cambio de barreras. Al inicio de siglo todas las barreras lucían blancas y rojas, de madera, aluminio u otra aleación. La función era bastante clara, la de impedir el paso de peatones o vehículos de un lado a otro. Con el cambio de política y a su vez de pensamiento en nuestra sociedad occidental, el concepto de barrera que impone una prohibición de paso ya no existe. Así que ahora podemos ver cómo jóvenes son arrollados con bastante asiduidad por los contenedores supersónicos. No hay barreras, no dividimos la sociedad, solo hay avisos de la peligrosidad, y cada uno es libre de danzar en esta ciudad. Pero esta no es la cuestión por la que requiero de su atención.

Ideamos estos entornos del siglo XXI y favorecemos atracciones que representan la vida de otra época, entornos que, lejos de ser turísticos, son de interés para muchos ciudadanos de esta ciudad y para muchos más de fuera de esta. Nos aprovechamos de la curiosidad de la ciudadanía para inculcar algunos valores y enfoques tradicionales. Pero no es sencillo, no es una experiencia completa si el habitáculo da al exterior y contrasta lo que hemos recreado con la vida actual.

Así que insto al departamento de producciones de la calle Sagasta a que nos envíen de una vez los paneles que necesitamos colocar en la salida del local y podamos proyectar las calles de la época. Es indignante que a estas alturas tengamos que seguir trabajando en estas condiciones. Si de algún modo no se viera repercutido en los resultados, ni mucho menos en mi puntuación personal como ciudadano, les estaría muy agradecido.

Atte. R.K. – 7 Agosto 2164

Pez globo

Cuando entré, el cuadro del recibidor aún estaba torcido, y eso solo podía significar una cosa. Ese cuadro, el primer cuadro que trajimos a nuestra casa, tenía un valor incalculable para mí, para nosotros. Ni siquiera era un cuadro por el que pudieran darme nada en un rastrillo de segunda mano. No era original, ni había sido pintado por alguien famoso, ni tan siquiera pude encontrar a ese tal K.M. que firmaba en la esquina inferior, y fueron muchas las veces que intenté buscarlo.

Era un pez globo, hinchado, en el centro de un océano repleto de virutas de plástico y otros desperdicios. Azul, un azul que lo inundaba todo, no era más grande que la anchura de la puerta, pero cada vez que lo miraba me parecía inmenso. Este pez tenía unos labios muy graciosos, como si intentara aguantar la respiración estando hinchado, poniéndose más y más morado en el fondo del mar.

Esas primeras veces que lo mirábamos le imitábamos. Esas primeras veces, como si se tratara de un impulsor de instantes divertidos e idiotas entre dos idiotas que hacían y deshacían por quererse y divertirse sin complejos. Me encantaba ese cuadro, era mi cuadro favorito, nuestro cuadro.

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El señor MOS

Recuerdo cruzar la calle a toda velocidad, mirando fijamente hacia delante, firme y decidido, pedaleando, apretando los puños y descargando mi emoción en cada exhalación en forma de vapor. Hacía frio, y no me importaba en absoluto. Era el primer día, después de tantos, que me dirigía al taller del señor Mos con buenas noticias.

Había amanecido en el poblado con un sol radiante de invierno, me interrumpía el sueño a través de la ventana de la buhardilla, donde incontables veces he trasnochado intentado descubrir una solución. Me podía comer la suciedad y los papeles arrugados de tantos intentos fallidos. No tenía tiempo para ordenar mi habitación cuando aún no sabía ordenar mi mente.

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Cara o cruz

A lo largo de todos estos años, y con mucha cautela, ha ido despertado mi interés por la vida que no tengo. Me he visto involucrada en jardines ajenos sin haber tomado ni una sola decisión desde el día que desperté por primera vez. He pospuesto todos mis planes, no me ha quedado otra.

Fue un día sin sombra, de los que realmente cuentan en mis notas de cabeza. Los días con sombras son a veces curiosos, si se dejan oír entre las luces, pero no me dejan ver crecer la hierba, ni la luz de la mirada que desprenden mis anecdóticos rostros, ni tampoco contemplar lo que hay ahí fuera, un mundo lleno de momentos de los que aleatoriamente soy cómplice, espectadora, de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado son trazos de una línea más discontinua que recta.

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El jardinero

La piscina de la urbanización no se limpiaba desde hacía meses. El jardín descuidado, las papeleras rebosando y los gatos merodeando cada noche. El agua entornaba ese color verdoso, con textura aceitosa, como un mejunje de gasolina y zumo de piña con algunos trozos de plástico a modo de guindas flotando.

Aun con todas, los niños de Enrique se lanzaban en bomba cada medio día y yo encontraba en este deporte de riesgo una oportunidad de estudio. Estaba de vacaciones, eran mis días para no analizar nada, pero mi instinto científico me obligaba a fantasear con la química que pudiera haber en ese agua putrefacta, y de la estadística caprichosa de que la piel de esos niños se volviera del revés. Quizá de ese modo podría evidenciarse el alma endemoniada que habían heredado de su impertinente y maleducado padre.

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Dragones Boloñesa

Las tardes de verano en Mármoli eran tardes de hacer volar la imaginación, no podíamos salir del recinto. En aquella época las temperaturas ya habían sobrepasado los 3,4 puntos críticos, y la mayoría de días sufríamos las sobrecargas eléctricas. Era uno de esos pueblos abandonados por la administración y las actualizaciones de los sistemas habían dejado de llegar para la tercera generación.

Nos sentábamos formando un semicírculo alrededor de Fuego. Llamábamos así al que era entonces el niño más mayor del pueblo, tenía el pelo raro, como rizado sin querer llegar a serlo, y un reloj atómico de pulsera con cronómetro y todo.

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Pañuelos

Mi negocio estaba en auge, casi tres años después de mi estudio de mercado, me encontraba con un cargamento completo y un invierno a la vuelta de la esquina, la temporada alta, donde se disparan las ventas.

De estos tres años he aprendido mucho, de mi producto y de mis clientes potenciales. Cuando llegué a esta ciudad no tenía nada. Me interesé por el negocio de los pañuelos de pura casualidad, y comencé a estudiar los puntos clave para encaminar mi economía hasta la cima.

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La Caja

Soy esa persona que emite soniditos extraños mientras espera en la maquina del café. Soy ese tipo con las manos en los bolsillos de la chaqueta y que masajea los granos de arena todavía acumulados desde el verano pasado. Aquel día que prometían lluvia de estrellas y solo hubo lluvia, sin las estrellas. Soy esa clase de persona que, mientras camina, mira más al suelo que al frente. Soy esa persona que espera en la parada del bus, porque usar el coche es demasiado arriesgado.

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El aniversario

Conocí a Mónica una mañana cálida de otoño en una estación de tren bastante concurrida. Yo estaba lavándome las manos frente al espejo del baño con unos milímetros de agua estancada trepando por mis zapatos. Fue entonces cuando escuché su dulce voz:

– ¡¿Alguien me puede pasar un rollo de papel?!

Se había equivocado de aseo, Mónica siempre ha sido así, un poco despistada. Le acerqué un rollo de papel por debajo de la puerta. Fue nuestro primer contacto.

Para este aniversario quise hacer algo especial. Trabajo desde casa, hace algún tiempo me lancé al negocio online y desde entonces puedo disfrutar de más tiempo libre. Se me ocurrió prepararle una sorpresita para cuando volviera de su oficina. Coloqué hábilmente velas por toda la casa para darle un toque más agradable a su llegada. Dispuse diminutos recortes de papel de distintos colores dibujando flechas hacia la habitación, allí le había preparado una carta de mi puño y letra y unos bombones del Mercadona de los que a ella le gustan.

Preparé un video con nuestros mejores momentos juntos. Lo dejé todo listo para que justo empezara cuando llegara ella. Siempre llega a la misma hora, es muy puntual, saldría todo perfecto. En el equipo de música dejé sonando sus canciones favoritas del bolero mix. Y justo antes de salir por la puerta se me ocurrió recolocar los imanes de la nevera formando un corazón.

Lo último que necesitaba aquella tarde era comerme el atasco por la manifestación de vete a saber qué. Había escapado de la oficina dejando pendiente un puñado de cosas para el lunes, pero estaba harta, necesitaba llegar a casa y relajarme. Me pudieron los nervios, quise ser la más rápida del oeste y meterme en dirección contraria para saltarme el atasco. Mala suerte la mía, no me dio tiempo a dar el frenazo y me comí una furgoneta de reparto que giraba en ese sentido. Entre el papeleo del seguro y el enfado del repartidor se me hicieron las tantas para llegar a casa. Cuando encajé la llave en la cerradura ya presentí lo peor.

En cuanto vi el humo asomar por el pasillo solté el bolso y el abrigo que llevaba en el brazo. Las piñas del centro de mesa estaban ardiendo. El tonto de las velitas, no podía ser otro. Si llego a tardar cinco minutos más la casa se me viene abajo. Puse una manta encima y enseguida reduje la tragedia. Rápidamente abrí las ventanas, se apagaron todas las velas, y un remolino de confeti inundó el salón. La tele estaba encendida con la pantalla en negro. Además, un partido de futbol estaba sonando por el equipo de música.

–¿Desde cuándo escuchamos la Cope en casa? – Pensé. ¿Qué se ha pensado este tío? Se pasa el día aquí en casa sin dar un palo al agua, viendo películas, haciendo el imbécil con su ridícula tienda online. Encima se deja la radio y la tele encendida, que si las velitas, que si manualidades, luego soy yo la que paga las facturas.

Cuando volví a recoger mi bolso al descansillo, el yonqui del tercero estaba olisqueando en él. Le tuve que espantar con el insecticida que tenemos en el recibidor. Se quedó tirado junto al ascensor como un escarabajo pelotero intentando darse la vuelta. Así que cerré la puerta y me fui directa a la cocina, allí vi el imán de las casas colgantes de Cuenca en el suelo. Ya me estaba empezando a cabrear, me había movido todos los imanes formando un círculo absurdo. Probablemente había elegido el peor día para tocarme las narices.

Se había hecho un poco tarde, la estaba esperando en la estación con el ramo de margaritas en la mano, no entendía que se estuviera retrasando tanto, pero no me importó, confiaba en que en cualquier momento aparecería con una sonrisa en la cara.

– La quiero con locura – Pensé, mientras veía subir y bajar a toda esa gente del tren.

– Estoy harta de este tío – Dije en voz alta y al mismo tiempo apretando los dientes.

– No puedo imaginarme un día sin su mirada, su cariño, su bondad.

– Mañana mismo tiene las maletas puestas en la puerta, a mí no me toma más el pelo.

– Es tan dulce y sensible que a veces me deja sin palabras, y yo solo puedo responderle con un beso en la mejilla. Nos entendemos a la perfección, esa complicidad, esa química, esas miradas que no necesitan palabras.

– Menudo gilipollas, se habrá pensado que esto es un hotel. Todo manga por hombro, moneando todo el santo día del sofá a la cocina y de la cocina al sofá.

–  Quizá sea pronto para proponerle que seamos padres, pero me haría una ilusión enorme formar una bonita familia con ella.

– A tomar por culo, ¡en qué momento me tuve que equivocar de aseo!