Recuerdo cruzar la calle a toda velocidad, mirando fijamente hacia delante, firme y decidido, pedaleando, apretando los puños y descargando mi emoción en cada exhalación en forma de vapor. Hacía frio, y no me importaba en absoluto. Era el primer día, después de tantos, que me dirigía al taller del señor Mos con buenas noticias.

Había amanecido en el poblado con un sol radiante de invierno, me interrumpía el sueño a través de la ventana de la buhardilla, donde incontables veces he trasnochado intentado descubrir una solución. Me podía comer la suciedad y los papeles arrugados de tantos intentos fallidos. No tenía tiempo para ordenar mi habitación cuando aún no sabía ordenar mi mente.

Después de pedalear tres kilómetros, ya solo tenía que cruzar al otro lado de la calle para llamar a la puerta del taller, pero no fue así. El coche de Eusebio se interpuso en mi camino con un desgarrador frenazo que no fue suficiente. Aun puedo ver volar mis papeles sobre mi cabeza con la mirada turbia y las nubes fundiéndose con el cielo gélido del diciembre más apasionante de mis días. Al menos, siento que podría ser así porque recuerdo muchas emociones, y no tanto los hechos.

No sabría describir más detalles de esa mañana, bastante me parece estar vivo, y poder mover todos los dedos de mi cuerpo. Conociendo el estilo de conducción de Eusebio, cualquiera podría haberlo contado. Pero sí, puedo contarlo, y la mancha de sangre del asfalto deja constancia de ello casi tanto como la brecha que me cosieron.

Cada vez que echo la mirada atrás intento descubrir qué ocurrió en esa mañana difusa. Sé que hallé una respuesta que ansiaba encontrar, y que apunté en esos papeles que volaron por los aires cuando choqué. No pude averiguarlo, y siento las mismas ganas de resolverlo como el primer día.

Después de estar tres días en la cama, nadie se había preocupado por recoger mi carpeta, mis apuntes, mis ideas. Tampoco nadie había venido a visitarme, a excepción del señor Mos, que siempre me había tratado con condescendencia, pero en el fondo sabía que me tenía cariño, no tanto como yo a él, pero, al fin y al cabo, él me había enseñado todo.

Eran tiempos difíciles para especular sobre nuevos métodos científicos, ideas, artefactos. En aquel momento había cumplido treinta y dos años, y casi toda mi vida había estado concentrada en el taller del señor Mos, aprendiendo, resolviendo y desentrañando pequeños problemas de mecanismos en las máquinas de mi maestro.

El señor Mos estaba considerado una eminencia en todo el país, se negaba a salir de su poblado natal, y yo no era nadie para advertirle sobre las posibilidades de la gran ciudad, porque desconocía por completo aquellas tierras.

A mis seis años, mis padres me dejaron a cargo de Ruth, quien había conocido de cerca la maternidad por al menos cuatro veces, y a pesar de su edad, seguía trabajando en la panadería. Sus hijos ya eran mayores, y cuando entré en su casa, solo el más pequeños de ellos quedaba todas las noches. El resto ya había volado a las afueras, pues si querías aspirar a más, no quedaba otra que coger las maletas y buscar un lugar más esperanzador.

Ruth cuidó de mí, pues había sido uña y carne con mi madre, según me contaba en innumerables ocasiones, y pronto supe que echar de menos a mamá no serviría de nada. A mi corta edad no contemplaba la idea de que las personas pudieran estar en venta y, a estas alturas, ya era evidente que mis padres tenían una deuda de la que no podían escapar. Al menos a mi me bridaron la suerte de emprender un camino distinto.

Crecí en el pensamiento, en las grandes ideas que llegarían en el futuro, soñaba con crear, inventar, y quién sabe si algún día pasar a la historia como aquel hombre que cambió la vida a mucha gente.

Como nunca pude vivir en la abundancia, no supe muy bien qué era la felicidad que tanto añoraban algunos vecinos cuando hablaban del oro. No me sentía identificado con aquellos terratenientes de disfraz y bigote que especulaban con su riqueza y más aun con la riqueza que aspiraban a gobernar. Jamás entendí sus ideales de vida como jamás entendí que Ruth quisiera convencerme de atravesar dudosos caminos para llegar a ser sin llegar a querer ser.

Descubrí el taller del señor Mos casi por casualidad. Tal vez su actitud de ermitaño cascarrabias no era la mejor manera de invitar al resto de la gente a conocer su trabajo. Pero tal vez por eso también se ganó la reputación que todos conocían. Recuerdo una vez, cuando vinieron de palacio los carromatos con abundante decoro y derroche a llamar a su puerta y pedirle un trabajo especial.

No tuvo modales para rechazar la oferta, pero tampoco los necesitaba. Lo que admiraba del señor Mos era su actitud comprometida con su trabajo y su pasión aplicada al extremo. Estoy convencido que su éxito, además de ser fruto de su esfuerzo, es fruto de su carácter.

Un día, cuando aun tenía apenas doce años, encontré un artilugio en la calle, tenía unas ruedas diminutas y unos alambres muy curiosos. Alcé la mirada y vi al señor Mos cargado con una caja enorme de donde supuse había caído aquello, así que me levanté y aceleré el paso hasta su taller, donde aun permanecía la puerta abierta y accedí alzando la voz y al mismo tiempo encogiéndome de hombros extrañado y exhausto de lo que estaba viendo a mi alrededor.

Se hizo el silencio, a excepción de algunas gotas de agua que caían de una grieta en el tejado y que se columpiaban por un divertido tobogán que daba la vuelta a un bote de pintura y terminaba cayendo a un cubo transparente donde un pez daba vueltas.

Me agaché para ver de cerca aquel pez cuando la voz grave del señor Mos me asustó. Aun no tenía la brecha en la cabeza, pero fue casi un milagro que no fuera así cuando del susto me levanté rápido y choqué contra la mesa de madera maciza que hizo tambalear un sinfín de aparatejos allí colocados.

[…]