Conocí a Mónica una mañana cálida de otoño en una estación de tren bastante concurrida. Yo estaba lavándome las manos frente al espejo del baño con unos milímetros de agua estancada trepando por mis zapatos. Fue entonces cuando escuché su dulce voz:

– ¡¿Alguien me puede pasar un rollo de papel?!

Se había equivocado de aseo, Mónica siempre ha sido así, un poco despistada. Le acerqué un rollo de papel por debajo de la puerta. Fue nuestro primer contacto.

Para este aniversario quise hacer algo especial. Trabajo desde casa, hace algún tiempo me lancé al negocio online y desde entonces puedo disfrutar de más tiempo libre. Se me ocurrió prepararle una sorpresita para cuando volviera de su oficina. Coloqué hábilmente velas por toda la casa para darle un toque más agradable a su llegada. Dispuse diminutos recortes de papel de distintos colores dibujando flechas hacia la habitación, allí le había preparado una carta de mi puño y letra y unos bombones del Mercadona de los que a ella le gustan.

Preparé un video con nuestros mejores momentos juntos. Lo dejé todo listo para que justo empezara cuando llegara ella. Siempre llega a la misma hora, es muy puntual, saldría todo perfecto. En el equipo de música dejé sonando sus canciones favoritas del bolero mix. Y justo antes de salir por la puerta se me ocurrió recolocar los imanes de la nevera formando un corazón.

Lo último que necesitaba aquella tarde era comerme el atasco por la manifestación de vete a saber qué. Había escapado de la oficina dejando pendiente un puñado de cosas para el lunes, pero estaba harta, necesitaba llegar a casa y relajarme. Me pudieron los nervios, quise ser la más rápida del oeste y meterme en dirección contraria para saltarme el atasco. Mala suerte la mía, no me dio tiempo a dar el frenazo y me comí una furgoneta de reparto que giraba en ese sentido. Entre el papeleo del seguro y el enfado del repartidor se me hicieron las tantas para llegar a casa. Cuando encajé la llave en la cerradura ya presentí lo peor.

En cuanto vi el humo asomar por el pasillo solté el bolso y el abrigo que llevaba en el brazo. Las piñas del centro de mesa estaban ardiendo. El tonto de las velitas, no podía ser otro. Si llego a tardar cinco minutos más la casa se me viene abajo. Puse una manta encima y enseguida reduje la tragedia. Rápidamente abrí las ventanas, se apagaron todas las velas, y un remolino de confeti inundó el salón. La tele estaba encendida con la pantalla en negro. Además, un partido de futbol estaba sonando por el equipo de música.

–¿Desde cuándo escuchamos la Cope en casa? – Pensé. ¿Qué se ha pensado este tío? Se pasa el día aquí en casa sin dar un palo al agua, viendo películas, haciendo el imbécil con su ridícula tienda online. Encima se deja la radio y la tele encendida, que si las velitas, que si manualidades, luego soy yo la que paga las facturas.

Cuando volví a recoger mi bolso al descansillo, el yonqui del tercero estaba olisqueando en él. Le tuve que espantar con el insecticida que tenemos en el recibidor. Se quedó tirado junto al ascensor como un escarabajo pelotero intentando darse la vuelta. Así que cerré la puerta y me fui directa a la cocina, allí vi el imán de las casas colgantes de Cuenca en el suelo. Ya me estaba empezando a cabrear, me había movido todos los imanes formando un círculo absurdo. Probablemente había elegido el peor día para tocarme las narices.

Se había hecho un poco tarde, la estaba esperando en la estación con el ramo de margaritas en la mano, no entendía que se estuviera retrasando tanto, pero no me importó, confiaba en que en cualquier momento aparecería con una sonrisa en la cara.

– La quiero con locura – Pensé, mientras veía subir y bajar a toda esa gente del tren.

– Estoy harta de este tío – Dije en voz alta y al mismo tiempo apretando los dientes.

– No puedo imaginarme un día sin su mirada, su cariño, su bondad.

– Mañana mismo tiene las maletas puestas en la puerta, a mí no me toma más el pelo.

– Es tan dulce y sensible que a veces me deja sin palabras, y yo solo puedo responderle con un beso en la mejilla. Nos entendemos a la perfección, esa complicidad, esa química, esas miradas que no necesitan palabras.

– Menudo gilipollas, se habrá pensado que esto es un hotel. Todo manga por hombro, moneando todo el santo día del sofá a la cocina y de la cocina al sofá.

–  Quizá sea pronto para proponerle que seamos padres, pero me haría una ilusión enorme formar una bonita familia con ella.

– A tomar por culo, ¡en qué momento me tuve que equivocar de aseo!