Con pies de plomo visten los ojos que no quieren volverte a ver y se resisten las promesas de cinco minutos más sobre la mesa y vuelca entre las trampas del deseo un pensamiento remordido que obliga al sueño a no ser sueño.
Veinte pasos me separan, y no hay temperatura más adecuada que la despegada de mi cuerpo arrancada por tu llamada. No entro en razón, y no puedo olvidarte más de un instante hasta que vuelva en sí la desazón al calor, al reloj con pausa, al vivir con calma, con el alma que clama la cama y se extingue en la llama que incita a no despertarla.
Ya estoy en el mundo, y ahora me siento agradecido de tenerte presente, ahora que respiro el aire nuevo en la mañana, el sonido crudo del movimiento y el ascender lentamente de la niebla en mi mirada.
Te admiro en esa luz que encuentra su lugar en la persiana y escribe los primeros reflejos de mis memorias. Lejos de la cobardía que reclama la ausencia de tu llamada, te insto a que me acompañes siempre, con delicadeza, sin artefactos, sin destaparme primero el pie izquierdo. Y componiendo mi mundo con las primeras notas que enlazan a tantas otras.
Dame siempre una razón para escucharte, encuentra cada día la forma armoniosa de encender las luces de mi vida, no me abandones a mi suerte a despertar derrotado en el cenit de esta estrella.
Buenos días!