Llevaba un buen rato acomodándome en la silla de plástico, la que trae un trocito de papel para evitar el balanceo por cojera. Iba cruzando la pierna hacia un lado, hacia otro, escuchando la banda sonora de tijeras. Me gustaba pensar que solía ser un cliente habitual, me sorprendía volver y no encontrar cambio alguno. Azulejos amarillos, revista del año de naranjito y el suelo peludo que se barre y se vuelve a barrer por cada cliente que pasa por el chirriante sillón acolchado. Un sillón de tonos granates ya apagados y acabados metálicos de ya poco brillo. Aun así, cómodo.
Si llevaba las y media yo solía venir a y cuarto. Conversaciones matutinas a un tono más elevado pisando el ruido de la radio, chamuscada y emitiendo con la misma frecuencia como si solo existiera una. La percha de madera ya sostenía poco más que su figura, completaban las paredes unas fotos firmadas y las esquinas dobladas de los almanaques de cuando aun se contaba con pesetas.
En un ir y venir de tijera repasaba los rincones de aquel antro mientras no había comentario que carraspear hacia el resto de bigotes descuidados a la espera. Miré entonces por el escaparate hacia fuera, siendo yo aquel maniquí, ya se evidenciaban los cristales sucios con el rayo de Sol señalando los mechones de pelo.
Fuera circulaban las primeras horas de la mañana, pasaba el segundo contenedor supersónico por el puente que atraviesa ambos centros logísticos de componentes electrónicos. Siempre produce una vibración que hace parpadear la luz mermelar de cada lado de la acera. Los peatones y sus dispositivos móviles esperan varios segundos mientras la barrera laser les impide el paso de forma simbólica. Y siempre hay algún joven que necesita ser el primero en atravesarlo, hasta que le atraviesan a él.
Fui uno de los primeros operarios en llevar a cabo el cambio de barreras. Al inicio de siglo todas las barreras lucían blancas y rojas, de madera, aluminio u otra aleación. La función era bastante clara, la de impedir el paso de peatones o vehículos de un lado a otro. Con el cambio de política y a su vez de pensamiento en nuestra sociedad occidental, el concepto de barrera que impone una prohibición de paso ya no existe. Así que ahora podemos ver cómo jóvenes son arrollados con bastante asiduidad por los contenedores supersónicos. No hay barreras, no dividimos la sociedad, solo hay avisos de la peligrosidad, y cada uno es libre de danzar en esta ciudad. Pero esta no es la cuestión por la que requiero de su atención.
Ideamos estos entornos del siglo XXI y favorecemos atracciones que representan la vida de otra época, entornos que, lejos de ser turísticos, son de interés para muchos ciudadanos de esta ciudad y para muchos más de fuera de esta. Nos aprovechamos de la curiosidad de la ciudadanía para inculcar algunos valores y enfoques tradicionales. Pero no es sencillo, no es una experiencia completa si el habitáculo da al exterior y contrasta lo que hemos recreado con la vida actual.
Así que insto al departamento de producciones de la calle Sagasta a que nos envíen de una vez los paneles que necesitamos colocar en la salida del local y podamos proyectar las calles de la época. Es indignante que a estas alturas tengamos que seguir trabajando en estas condiciones. Si de algún modo no se viera repercutido en los resultados, ni mucho menos en mi puntuación personal como ciudadano, les estaría muy agradecido.
Atte. R.K. – 7 Agosto 2164