Ella era una persona buena y bondadosa, amiga de sus amigas, sincera y contemplativa de la vida, enamoradiza, atenta, sincera, fuerte. Decían de ella que se le daba muy bien escuchar, que no le engañaban jamás con las vueltas en ningún comercio, ni siquiera cuando pagaba con tarjeta.
La noche del martes al miércoles fue fatídica. Nuestro equipo de investigación recibió la llamada de emergencia pasadas las dos y cuarto de la madrugada. Hora punta para este tipo de incidencias.
Cuando llegamos al domicilio se respiraba en el ambiente el aroma de la tragedia. Rápidamente nos pusimos los trajes de buzo. Mi compañero estrenaba escafandra, la mía estaba algo rayada y empañada, no tenía la nitidez de las primeras inmersiones, pero aun cumplía. Estos trajes llevan utilizándose décadas, son resistentes y aguantan como debemos hacer nosotros. Yo aprendí de los mejores en la Academia de Inmersión de Jergón (A.I.J). La instrucción es dura, pero es un trabajo muy agradecido.
El inspector ya había subrayado con tiza toda la zona. Se realizó el procedimiento habitual, un escaneado de la habitación, y las trazas de movimientos de cada sección de la cama. Todo apuntaba al típico caso de sábana bajera, uno de los casos más complejos y espeluznantes que nos podemos encontrar.
En efecto, la afectada había cambiado de postura cuando la sábana bajera se despegó de la esquina inferior derecha. El gélido contacto con el colchón en la punta de sus dedos la debió estremecer. A partir de aquí ya no hay vuelta atrás. Aunque intente adoptar una posición fetal perfecta, evitando el contacto con las entrañas del colchón, ya no se puede hacer nada. La fuerza gravitatoria del colchón desnudo atrae la piel humana como un agujero negro a un planeta errante.
El contacto del pie por el rugoso colchón es un recorrido que no le desearía a nadie, es un drama y hay una alta probabilidad de no volver. Algunos cartesianos de la sábana de franela son malabaristas con los pies y consiguen recolocar la sábana bajera, hacer como si nada hubiera pasado. Pero no todos somos descendientes de los acróbatas del Cirque du Soleil. La amarga realidad es que la áspera blancura del colchón te absorbe y te lleva al otro lado sin importar cuántas uñas se intenten clavar para evitarlo.
Había que darse prisa, no es posible aguantar al otro lado por mucho tiempo. Respirar el perfume a pies de la vega baja del colchón puede suponer un reto incluso a los mejores competidores de apnea.
Fui el primero en descender, aseguré la cuerda al traje, di dos golpes secos para asegurar la escafandra, y me dispuse a bajar la escalerilla, la típica escalerilla reglamentaria que llevamos siempre encima. Nada mas cruzar la frontera al otro lado la vi flotar. Tenía los ojos casi cerrados, las manos agarrotadas, el pijama viejo, los pies culpables a la deriva. Le devolví a mi compañero la mirada, una mirada de compasión y derrota, él ya sabía lo que eso significaba.
Di el salto hasta alcanzarla y la lava burbujeaba a lo lejos, pude sentir el calor. En un vistazo al horizonte, las montañas nevadas se estaban derritiendo lentamente. Parecía que una bomba nuclear acababa de implosionar en su mente. En estos casos la subconsciencia se revela ante la conciencia y la tasa de retorno al estado inicial es prácticamente nula.
La tuve en mis brazos, contemplé el paisaje, que era su propio paraje interno, no puedo negar que la imagen era abrumadora, dramática, pero impactante. No hubiera imaginado que el mundo interior de ese rostro angelical pudiera llegar a ser tan devastador.
El compañero alcanzó la camilla, enseguida la teníamos de vuelta a su habitación. No exagero si digo que fueron mas de cuarenta minutos inútiles de reanimación. Abandonamos, me deshice de partes del pesado traje que aun llevaba puesto. Estaba agotado, exhausto. La semana anterior habíamos perdido a otro chaval en circunstancias similares, parecía tan entero, tan normal… yo no podía entender que el subconsciente de estos jóvenes pudiera albergar semejante fuerza.
Aquella noche no volví a pegar ojo. Me preocupé de acompañarla a la residencia de catatónicos. Lugar que por desgracia está aumentando peligrosamente su cupo a cuenta de estos incidentes nocturnos.
Nuestra unidad de emergencia no da abasto, recibimos llamadas de Jergón cada día. Necesitamos más asistencia, más recursos, más personas que se involucren en esta causa. Necesitamos un cambio en las aspiraciones y sueños de estos jóvenes que ven cómo sus vidas se convierten lentamente en algo que no son. Apariencias, expectativas, comparaciones, máscaras, miedos, inseguridades. Todo ello se vuelve en su contra en momentos de colapso cuando una sábana bajera se desprende y prende la chispa de invertir a cada mente de un estado aparentemente normal a otro catatónico e irreversible.