Las tardes de verano en Mármoli eran tardes de hacer volar la imaginación, no podíamos salir del recinto. En aquella época las temperaturas ya habían sobrepasado los 3,4 puntos críticos, y la mayoría de días sufríamos las sobrecargas eléctricas. Era uno de esos pueblos abandonados por la administración y las actualizaciones de los sistemas habían dejado de llegar para la tercera generación.
Nos sentábamos formando un semicírculo alrededor de Fuego. Llamábamos así al que era entonces el niño más mayor del pueblo, tenía el pelo raro, como rizado sin querer llegar a serlo, y un reloj atómico de pulsera con cronómetro y todo.
Fuego era el único de nosotros que sabía leer, así que nuestro círculo era un motivo de escucha de las historias más apasionantes. Estas historias nacían del Gran Libro de Poder, un libro que Fuego siempre llevaba consigo y que cada tarde nos embelesaba con historias alucinantes.
Aquella tarde Fuego apareció con su libro bajo el brazo, y unos sobres de sopa fría instantánea que a veces ofrecía como premio de nuestro juego de preguntas posterior.
Se sentó y se hizo el silencio. Escuchábamos el sonido de las hojas que pasaba con sumo cuidado, pues aquel libro tenía más años que todos los habitantes del pueblo juntos, nos dijo una vez Fuego.
Sentíamos admiración por Fuego y por su afán de sorprendernos, su pasión describiendo las batallas de guerreros, el poder de destrucción de los dragones más mortíferos, y de cómo preparaban canelones rellenos de carne picada y salsa boloñesa. Yo no tenía ni idea de qué era la boloñesa, ni de que fuera la salsa favorita de los dragones de Pretagonia.
Ese día fue especial porque gané, puedo decir orgulloso que aquel día gané la sopa, y todo porque contesté a la pregunta de cuál sería mi fruta favorita para acompañar unas tostadas de mermelada. Dije la fresa, y Fuego se levantó sorprendido, me señaló con su dedo índice y dio un grito de victoria que retumbaron los cristales. Se acercó a mi y me abrazó, la ilusión que desataba ya era probablemente mayor que la mía, en ese momento incluso podría recordar su aroma a patatas fritas congeladas, era muy característico.
Eso ocurrió hace mucho tiempo, un recuerdo que tenía presente cuando, 24 años después, atendí una consulta urgente en un bloque algo alejado de mi zona habitual. Accedí a la vivienda con la tarjeta sanitaria y entré en la habitación para comprobar sus constantes. Todo estaba bien, él estaba medio dormido y sin prestar demasiada atención al resto del mundo. La casa estaba muy descuidada, y aquel paciente probablemente no se había podido levantar de su cama en mucho tiempo. Mi trabajo entonces consistía en recargar la medicación que se administra automáticamente y que en aquel momento estaba solo a 2 tomas restantes de agotarse.
Cuando estaba esperando la confirmación de dosis de la central, levanté la mirada y lo vi. Era el Gran Libro de Poder, era exactamente ese libro que Fuego llevaba bajo el brazo cada tarde en un caluroso verano de mi infancia.
No dudé, y fui a cogerlo, admito que me abocaron los recuerdos y los nervios me pudieron, torpe de mi, alguna de las figuritas que había se cayó al suelo. Congelé mi postura unos instantes mientras esperaba si rompía o no rompía en el suelo. No rompí nada, y aliviado, volví a colocarlo en su sitio. Volví la mirada al libro y finalmente lo alcancé de la estantería. Lo sostuve unos segundos y pasé la manga de mi chaqueta para limpiar el polvo de la portada. Entonces pude leer: 1001 Recetas de cocina fáciles.
Descarté la idea de que ese libro fuera justamente el libro que yo imaginaba, pero no podía quitarme de la cabeza que tanto su forma, color y tamaño, eran idénticos.
Me acerqué al paciente y le hice el cuestionario habitual, pero en la última pregunta, justo después de preguntar si había experimentado sensación de hormigueo en los dedos de los pies, le pregunté si alguna vez había sido conocido con el nombre de Fuego.
Sus ojos de repente dejaron de parecer adormilados, y me miró con curiosidad. Entonces supe que era él. La siguiente pregunta fue con el libro de recetas en la mano. ¿Es este el Gran Libro de Poder?
Me miró a los ojos y sonrió levemente, entonces me alcanzó el brazo con su mano y a continuación, se dio la vuelta como si fuera a dormirse de nuevo. No pude escuchar su voz, no pude decir más nada. Volví a colocar el libro en su sitio, acabé el trabajo, y me fui de nuevo a la central con mis recuerdos desordenados.