Soy esa persona que emite soniditos extraños mientras espera en la maquina del café. Soy ese tipo con las manos en los bolsillos de la chaqueta y que masajea los granos de arena todavía acumulados desde el verano pasado. Aquel día que prometían lluvia de estrellas y solo hubo lluvia, sin las estrellas. Soy esa clase de persona que, mientras camina, mira más al suelo que al frente. Soy esa persona que espera en la parada del bus, porque usar el coche es demasiado arriesgado.
Estaba mi olfato y mi carisma mañanera persiguiendo la calma de un día tranquilo de oficina. Aun no daban las ocho, pero siempre he sido un caso a parte para los horarios. Solo pospongo una vez el despertador, no posponerlo me resultaría enfermizo, y posponerlo más de una vez va contra mis principios, y tengo unos principios muy consolidados desde 1981. Soy un auténtico señor de la puntualidad, lo admito, pero no me gusta presumir de ello. Cuando era niño me asignaron la importantísima tarea de abrir la clase cada mañana. Era el primero en llegar, el primerísimo. Nadie me ha superado nunca en eso. En todo lo demás sí.
Cuando miré el reloj de mi mano izquierda me percaté de algo inusual; la aguja minutera me sugería un cambio de rumbo en la ruta, no podía permitirme que alguien fichara antes que yo. Todavía conservaba el premio de puntual del año, por octavo año consecutivo. Había ocurrido algo y ni siquiera me lo cuestioné, mi prioridad era la meta, llegar, alcanzar el liderazgo una vez más y sentarme en mi puesto de trabajo irrelevante después de alcanzar la gloria en los minutos más importantes del día.
La calle había sido cortada por obras, no lo había previsto. Normalmente soy muy avispado con esto, reviso los avisos del ayuntamiento, las notificaciones gubernamentales cada noche y por si eso fuera poco, llamo cada día por teléfono a la oficina de fomento que muy amablemente me atienden, aunque con muy poca dulzura, y me informan de cada obra que va a tener lugar. Aquel día, no había previsto nada. Aquel día, mi ruta había sido interrumpida. Aquel día, puedo afirmar que empezaba para mi un infierno que jamás hubiera planeado.
Días atrás, supe por un chivatazo de una compañera que planeaban la demolición de uno de los edificios antiguos del caso histórico. No pude creerla, ni siquiera me pude plantear que fuera cierto de ninguna manera al no haber visto ningún tipo de señal, notificación, ni haber podido recopilar datos sobre ello con mis fuentes fiables de cada día.
Allí me encontraba, expuesto al miedo, al terror de un día derrotado, pero no me daba por vencido. Quise informarme a pesar de agotar algunos segundos más de mi valioso tiempo. Una mujer se acercó, llevaba una gorra policial, un uniforme policial y una de esas porras policiales para apalear. Me hacía señas despectivas, como invitándome a abandonar el lugar. Hice caso omiso, me puse muy nervioso, era una agente de la ley. La última vez que desobedecí a un agente acabé pagándolo caro. Eran otros tiempos, era otra época, aun no había surgido mi alma emprendedora y sofisticada en la que me convertí.
Llegó a escasos centímetros, me miró a los ojos, yo la miré a la gorra. El tiempo era solo una excusa, así que hice todo lo posible para contenerlo y comprender ese estado de armonía en el que me encontraba, rodeado de la niebla matutina, del ruido de los coches, de los árboles podados sin vértigo a ser cómplices de esta ciudad como unos ciudadanos más, parados.
Cuando empezó a mover los labios yo solo podía pensar en la ola de indicaciones que yo podía surfear para colarme y avanzar, para alcanzar mi objetivo, mi único y más importante objetivo.
Me dijo muy amable que no podía estar allí. Pero yo solo podía mirarle a los ojos, y creo que por eso se inquietó, y me repetía una y otra vez que me fuera, que podía pasar por la calle paralela. Pero esa calle no era una opción para mí. Esa calle era el mal. La calle donde me ofrecen folletos publicitarios los cuales no alcanzo a ver porque van directos a la papelera. Para mi esa calle es muy incómoda. El contacto con personas ajenas a mi interés, a las personas, en general, a esas personas que no soy yo con mi mecanismo de incertidumbre hacia los actos que no son los míos.
Insistí. No podía quedarme con la duda de saber qué estaba pasando. Pero parecía algo de carácter dramático, como esas historias que salen en un segundo plano en las noticias. Ese tipo de noticias que son tristes, pero tampoco suficientes para aparecer en primera plana. La noticia de que una familia debe abandonar su casa y tiene que intervenir la autoridad, en este caso autoridad con gorra, y alguna autoridad con casco también.
En efecto, había una familia en ese edificio, el edificio en ruinas que planeaban derribar, pero no iban a hacerlo, es lógico que la vida de esas personas merecía una segunda oportunidad antes de ser vidas derribadas como el edificio.
Según mis investigaciones, el edificio estuvo allí durante más de cien años, todo un logro para haber sobrevivido a dos guerras civiles. Pero no entendía cuál era el motivo por el cuál esa familia aún permanecía allí arriesgando su salud y su integridad como personas a favor de la vida.
La agente me hizo gestos para que desplazara mi mirada a su mirada y dejara de mirar su gorra. El número de su uniforme me recordó rápidamente los minutos que pasaban en mi reloj, en este caso el reloj de mi mano derecha, donde nunca miro a menos que sea absolutamente necesario. Ese reloj de la mano derecha indica la hora con una precisión que nadie cree. Es digital, como la mayoría de las cosas que aun tengo que casa. Y mucho más preciso, por supuesto, que el reloj que llevo en la mano izquierda, ese reloj perteneció a mi abuelo, así que además de regalarme la hora, me regala un bonito recuerdo familiar.
Así que, tal y como me dijo la mujer vestida de azul marino, el edificio debía ser derribado por seguridad, pero se había pospuesto puesto que aun había una familia habitando uno de los pisos. Aquella noche hubo un desprendimiento. Alertaron a las autoridades pertinentes y por lo tanto, aquella mañana, fue fatídica para mí.
La cinta de plástico que cerraba el paso no solo fue una irónica meta intraspasable, era sinónimo de un fin de ciclo. Ya podía leer los titulares en los comentarios de todos y cada uno de mis compañeros. Pero no era mi culpa, no dependía de mí. Si hubiera sido por mí, aquella cinta habría hecho las veces de valla, habría cogido carrerilla y habría ondeado mi corbata de asteriscos a poco más de un metro de altura para atravesarla. Solo entonces habría alcanzado mi gloria poniendo en riesgo mi vida y la de todos los allí presentes.
No lo hice, fui fiel a mis principios, me mantuve en mis trece y ya pasaban las menos cuarto, cada inspiración era una llamada a la esperanza, cada expiración era un vuelco a la decepción y las horas de entrenamiento y preparación perdidas. Qué nervios sin todavía haber probado ni gota de café. Qué nervios por ser otra persona distinta a la que era, pero a veces no queda alternativa. Y no era capaz de echar las culpas a otro elemento que no fuera yo.
Por si fuera poco, el cordón de mi zapato estaba un poco suelto. No estaba desatado, porque eso no tendría perdón. Pero a veces cuando estoy intranquilo muevo el pie flexionando el tobillo, no es nada grave, solo una manía absurda que me tranquiliza.
Tuve que agacharme, lo admito. Mis ojos empezaban a brillar inundándose de lágrimas, pero me mantuve fuerte, aprete los dientes, apreté el cordón y me puse en pie, de nuevo, sin perder ese atisbo de esperanza todavía.
Giré la esquina, ya estaba dispuesto a cualquier cosa. Me enfrenté a la calle paralela, aquella calle que tenía sentenciada, una calle sin piedad. Qué agonía, respirar el aroma a pan tostado de la cafetería y utilizar ese pensamiento alegre para el enfrentamiento.
Y no fue para tanto. Habían pasado ya dos años de la última vez, quizá algo más, que pisé ese tramo de acera. Había un frutero abriendo la persiana, una caja de un frigorífico apoyada en el contenedor de basura y el ruido de las sillas metálicas desacoplándose unas de otras por el encargado de otro bar comenzando el día.
Perdí los nervios. Me sentía parecido a la calle de siempre, algo desconcertado, con ese pensamiento impertinente rondándome la cabeza, pero me pudo, debo admitir que me pudo el ansia y el desequilibrio en un momento de debilidad.
Fui directo a por la caja. Esa caja que me llamó la atención en el cubo de basura. Desde que era un niño con apenas idea de lo que quera el tiempo y su importancia no había podido siquiera acercarme a una caja de ese tamaño. La última vez fue mágica. Una tentación que no pude aguantar. Pero también tenia una responsabilidad, ante todo una responsabilidad, y era la de llegar a la oficina y coronarme.
No lo pensé, en ese momento me noté en los dedos la niñez que llamaba a la puerta. Desvié mi rumbo tan solo unos centímetros, me acerqué al cubo de basura, no paraba de mirar hacia los lados. Si quería hacerme con esa caja, tenía que ser justo en ese momento. Lo hice, me apropié de una caja sin nombre y la hice solo mía.
Allí iba yo, feliz con mi caja, envuelto en un día de locos, un día de los que hay muy pocos. Estaba yo entusiasmado, no sé si fueron los acontecimientos que en un momento dado me desconcertaron la idea de ser la persona que me proponía ser cada mañana y cada noche en mis pensamientos más profundos y reflexivos.