Aquí estoy, rodeado en tus brazos, soñando despierto, volando en tus pasos. Siempre me has acompañado, en mis días fríos, en mis largas noches de pensamientos alborotados.

Cuando cierro los ojos te encuentro. Tú siempre me andas buscando, pero soy yo quien te encuentra y te cuenta mis idas y venidas del pensamiento. Y recorro el camino de vuelta a la sonrisa que se dibuja en mi cara cuando siento tu presencia en mi conciencia y dejo que la llama se agite hasta que no aguantas más y te apagas.

No quiero abandonarte, y no quiero dejar que te marches, pero a veces despierto y desapareces, te escondes de todos los miedos que tienen voz; de los niños que juegan, de la lluvia, de cada melodía que atraviesa por debajo de la puerta. No quiero quererte tanto, porque temes un mundo imposible de callar, vuelcas en mi interior la paz que necesito, y te marchas, y te ausentas cuando a veces más te necesito.

Me rescatas de este mundo que nos vuelve locos y me sueltas sin aviso porque alguien me ha susurrado una palabra. Te entiendo, créeme, no puedo dejar de creerte y de quererte al mismo tiempo que mis párpados te reclaman cada noche, y sin embargo yo también peco de olvidarte, y me siento culpable de no considerarte y no quedarme contigo otro ratito en las tardes de invierno cuando apareces desconsolado.

Hoy te dedico este minuto, para sentirte aquí presente una vez más, para creer en mi, para dejarme tiempo en que pensar. Hoy giro la cucharilla del café tan despacio y con cuidado para no dejarte escapar, para que no me sueltes otra vez, para que me quieras sin llorar.