Mi negocio estaba en auge, casi tres años después de mi estudio de mercado, me encontraba con un cargamento completo y un invierno a la vuelta de la esquina, la temporada alta, donde se disparan las ventas.

De estos tres años he aprendido mucho, de mi producto y de mis clientes potenciales. Cuando llegué a esta ciudad no tenía nada. Me interesé por el negocio de los pañuelos de pura casualidad, y comencé a estudiar los puntos clave para encaminar mi economía hasta la cima.

Tardé más de una semana en estudiar los tiempos de espera de cada semáforo, puntos clave para mi venta de pañuelos. En la primera avenida había una importante afluencia de coches, sin embargo, el semáforo en rojo solo duraba 42 segundos. Dos calles más arriba, junto a la estación, había un semáforo donde pude contar 61 segundos en rojo. La diferencia era clara. El tráfico no era tan importante, pero el tiempo de espera era crucial.

Establecí allí mi punto principal de distribución, donde más probabilidades de venta tenía los días entre semana, a primera hora de la mañana.

Paquete de pañuelos, me queda uno y por los pelos. Paquete de pañuelos señores, los más baratos, los más mejores. Repetía con energía en cada margen de 61 segundos, rozando retrovisores con mi chaqueta vaquera.

Ya tenía calados los coches que podrían ser susceptibles, y los que no. Me resultaba más sencillo rechazar aquellos coches relucientes, de alta gama, que subían la ventanilla rápidamente al verme llegar. Estos coches no me darían ni una moneda. Giraban los ojos, pero no el cuello, con el dedo apretado fuerte el botón de la ventanilla. Algún día de la semana probaba suerte, como una confirmación de lo que ya sabía.

Había coches más sencillos, con trabajadores que me miraban con los labios apretados y las cejas levantadas, una forma más amable de rechazarme, pero rechazo, al fin y al cabo.

Hace años, en el negocio del semáforo, me enfocaba en limpiacristales, pero no es algo para mí, los beneficios en relación con el trabajo realizado podían ser una montaña rusa, y algunos días terminaba agotado y con pocos resultados. Los pañuelos era mi estrategia de semáforo para invierno, en tres años la curva exponencial de beneficio había alcanzado mi estabilidad financiera para vivir cómodamente en un cajero de la primera avenida.

Después de varias semanas siendo puntual a mi horario de semáforo y mis coletillas de vendedor apasionado, muchas caras me resultaban conocidas. Por un lado, la madre de coche muy usado y sus dos niños camino de la escuela, cliente potencial por su clase social ligada a la continua limpieza que necesitaba hacer.

Esa trabajadora de hospital, muerta de sueño y sin cuestionar la mitad de los días si su posición era más o menos elevada a la mía. El madrugar despista para saber si conviene o no conviene comprar un paquete de pañuelos al doble de su precio en un semáforo.

Y el empresario, el de coche despampanante y corbata ahorcando una juventud que pasó de largo. A estos apenas me acercaba. Hacía tiempo que había asimilado el sentimiento de rechazo de un elevado número de personas que me miran por encima del hombro, pero a través del un cristal. A esas alturas no tenía ninguna intención de demostrarle nada a nadie.

Yo también era un empresario de éxito, pero en un sector de la población donde podía emplear mis beneficios en briks de un litro de vino, para luego vendérselos a alguien que no tenía permiso para acceder a estos comercios por su dudoso aroma a éxito. Así que de ese porcentaje que sacaba del vino revendido al borracho, podía hacer crecer mi economía lo suficiente para vivir a doble capa de cartón.

A riesgo de perder los pocos pelos que me quedaban en la nariz al pillármelos con la ventanilla que cierra con prisa, me acerqué a uno de estos coches estupendos. No tuve tiempo de pronunciar palabra, ya veía mi propio reflejo en el cristal, pero se me quedó la intriga en el cuerpo al ver la cara de ese conductor. No era el típico conductor de ese modelo de coche, su cara expresaba un miedo inoportuno, como si no encajara en ese vehículo.

Esa mañana no vendí más de seis paquetes, o lo que es lo mismo; seis euros de beneficio bruto. No había sido mi mejor día, y no dejé de darle vueltas a ese conductor misterioso. Normalmente las manzanas casan con las manzanas y los melocotones con los melocotones. Esa misma semana lo vi un par de veces más, pero no tuve valor para acercarme a ese retrovisor. Pasaba de largo y miraba de reojo, por si podía descubrir algo más acerca de esa incongruencia.

Hasta que ocurrió. En una de esas pasadas, me dispuse a vender pañuelos al coche de detrás, típico perfil de trabajador medio con pocas aspiraciones de querer más, no como yo.

Accedió a comprar un paquete, uno solo, cómo no. Cuando se giró hacia el asiento de detrás para alcanzar la cartera que guardaba en su chaqueta, soltó accidentalmente los pedales y su coche golpeó al de delante.

El misterioso conductor, tras unos segundos, salió del coche con la mano en la nariz, corriendo a ver los desperfectos de la parte de atrás. Su cara estaba desencajada, su nariz sangraba. Se había golpeado con el volante y su preocupación era el parachoques trasero, solo era un rasguño, pero aun lo noté más nervioso al haber manchado de sangre la tapicería de cuero blanco.

  • Me va a matar, cuando lo vea me va a matar. – Repetía una y otra vez con una voz de teleñeco al no quitarse la mano de la nariz.
  • ¿Quieres pañuelos?, Te estás poniendo perdido. – Le dije.
  • Sí, sí, dame unos.
  • Son 10 euros.
  • ¡¿Cómo?!
  • Son 10 euros amigo, y ya los has tocado, no admito devoluciones.

Mi oportunidad de oro, si me dedicaba a este negocio era por oportunidades como esta. Sacó el dinero de su cartera y con una mano temblorosa y manchada me dio el billete. Me largué sin mediar palabra, le había prometido un brik de vino al de la esquina norte, así que probablemente hoy hacía caja para toda la semana. Aquel día dormí del tirón.

Pocos días después, sentía que todo me iba como la seda, cuando, llegando puntual a mi semáforo, encontré allí al mismo hombre.

Estaba ofreciendo un folleto publicitario a cada coche, sonriente y amable, hablando con todos los coches que paraban en rojo:

  • Y aquí tiene, un paquete de pañuelos de regalo. Que tenga buen día.

Todas las ventanillas estaban bajadas, todos los conductores tomaban el paquete de pañuelos y la publicidad de qué se yo compañía de importación de coches de alta gama.