Veo una barba blanca a la orilla de la carretera con el pulgar hacia arriba. No voy a parar, no voy a recoger a un desconocido. Lo pienso cuando ya he soltado del todo el pedal y mi coche se ha parado en la cuneta. Bajo la ventanilla.
—¿A dónde vas? —le pregunto. El tipo me mira de reojo un instante y sigue mirando la carretera. Se agacha, se asoma, y apoya una mano en mi coche.
—¿A dónde vas tú? —me contesta como si quisiera negociar conmigo.
—Voy a Carrizosa, ¿te va bien?
Y no me contesta, se sube, deja su mochila a los pies, se abrocha el cinturón y me da las gracias con la boca pequeña. Debe estar cansado. Lleva las manos agrietadas, una pulsera con bolitas de colores, unos pantalones destrozados, una gorra de camuflaje que no le camufla nada. Me pongo en marcha, pero no subo las ventanillas, huele raro, una mezcla entre el puro que fumaba mi tío y el aseo del bar del Perico. Acelero, apenas hay tráfico a última hora de la tarde por esta carretera. No pronuncia palabra y me siento incómodo, me gustaría saber de dónde viene, a dónde va. Se lo pregunto sin discreción, y hace un gesto perezoso, como el que cuenta otra vez la misma película. Me dice que lleva más de un año caminando por las provincias más cercanas, desde que el médico le aconsejó caminar. Me cuenta que es maestro jubilado, que ahora es él quien lleva la mochila todos los días. Le sale la primera sonrisa. Le digo que soy comercial, que vendo electrodomésticos, que aún me quedan unos años para poder jubilarme y lanzarme a una aventura como esa.
Ya me he acostumbrado a su aroma, cierro las ventanillas, enciendo la radio, se asusta del volumen tan alto y me rio mientras lo bajo casi al mínimo.
—¿Carrizosa lo conoces? —le digo— tiene su encanto.
—No, pero he oído que tiene historia.
—Sí que tiene, sí, ¿ves aquel castillo? —le indico en el horizonte mientras el cielo va apagándose—, lleva más de seis siglos abandonado.
Carrizosa va quedando atrás, sigo conduciendo, enciendo las luces.
—¿No ibas al pueblo? —me pregunta apuntando con el dedo por la ventanilla.
—Estoy dando la vuelta, no te preocupes, conozco bien el camino —le digo convencido mientras salimos de la carretera principal.
Paro junto a un campo de maíz. Un suave viento agita la cosecha. Echo el freno de mano. El profesor me mira, apenas le distingo el rostro en la oscuridad.
—Baja del coche —le digo mientras estoy bajando yo. He dejado las llaves puestas y los faros iluminan la tierra.
—¡Que bajes! —le insisto desde fuera, y sé que me está mirando asustado. Me acerco y le abro la puerta, está agarrado al cinturón.
—Pero ¿qué pasa? ¿qué quieres?
—Que bajes del coche.
—Pero ¿por qué? —contesta con una voz temblorosa. Y yo acelerado, nervioso, le quito el cinturón y le agarro del brazo. Se le cae la gorra, la pisa, se encoje sobre si mismo, le empujo frente al coche, y cae con una rodilla en la tierra. Le ciega la luz de los faros. Estoy frente a él y el polvo se pasea entre las luces.
—¿Te acuerdas de Marina? —le digo— Una niña muy guapa a la que dabas clase.
—¿Qué Marina? ¿de qué estás hablando? —me contesta casi lamentándose.
—Tardó años en contarme que su profesor de economía le había tocado, pero claro, tú ya no trabajabas allí.
—Te estás equivocando —me contesta llorando cuando ve que me acerco apretando el puño.
Y ya no aguanto más. Le golpeo en la cara con todas mis fuerzas, con toda mi rabia contenida, una y otra vez, sin dejar que hable.
—Por favor —me suplica.
No puedo parar de pegarle, me duelen los nudillos de clavarlos en su rostro asqueroso.
—Yo no era profesor de economía, te estás equivocando de persona —me dice con la mano en la boca, mientras gotea su sangre en la tierra.
Pero no le creo, insisto, me ensaño, me vuelco y me agoto hasta que me falta el aliento. Apenas se sostiene y cae en la tierra. Me limpio la mano en su chaqueta y vuelvo al coche. Quito el freno, le observo unos segundos. No se mueve, espero. Mueve un poco el pie, con eso me sirve. Agarro fuerte el volante, doy la vuelta y allí lo dejo.
—Este sí, este sí que era —digo en voz alta mientras acelero.