La piscina de la urbanización no se limpiaba desde hacía meses. El jardín descuidado, las papeleras rebosando y los gatos merodeando cada noche. El agua entornaba ese color verdoso, con textura aceitosa, como un mejunje de gasolina y zumo de piña con algunos trozos de plástico a modo de guindas flotando.

Aun con todas, los niños de Enrique se lanzaban en bomba cada medio día y yo encontraba en este deporte de riesgo una oportunidad de estudio. Estaba de vacaciones, eran mis días para no analizar nada, pero mi instinto científico me obligaba a fantasear con la química que pudiera haber en ese agua putrefacta, y de la estadística caprichosa de que la piel de esos niños se volviera del revés. Quizá de ese modo podría evidenciarse el alma endemoniada que habían heredado de su impertinente y maleducado padre.

Enrique navegaba en busca de sustento todos los días de la semana excepto los viernes, a veces incluso los viernes también lo hacía. Escuchaba el ajetreo familiar pared con pared desde muy temprano. Yo, en un intento constante por ser educado y respetuoso con mis vecinos y con el resto del mundo, era capaz, por increíble que parezca, de desayunar y vestirme sin aumentar los decibelios en apenas unos pocos, concretamente al coger la bolsita de cereales de la despensa.

Si me caracterizo por algo, es por la paciencia que acumulo, en ingentes cantidades. Aquella urbanización de veraneo era puro desierto en invierno, pero algunos vecinos, muy pocos, quedaban haciendo lastre con negocios precarios. Era el caso de Enrique, y de su caprichosa mujer aficionada al cante gregoriano, aunque con un estilo más enfocado al mercadillo de los jueves.

Después de todo este tiempo, estaba convencido de vender la casa, si acaso podía convencer a alguien de querer hacerlo, y volver a la ciudad. Podría haberme mudado mucho tiempo atrás, pero era el único recuerdo que me quedaba de mi padre, esa casa, esas cuatro paredes de gotelé espeso donde pasábamos tantos fines de semana de pesca.

Mi padre, después de haberse jubilado, se quedó a vivir allí de forma permanente, como llevaba planeando varios años atrás. Lo que nunca hubiera imaginado es que su jubilación durara poco más de un año.

Ocurrió en la llamada guerra de las 3 horas, un conflicto vecinal que comprometía las vidas de dos vecinos, uno de ellos mi padre, y otro de ellos Enrique, que tras una discusión entre ambos por un asunto del color de los toldos que comprometía la fachada del edificio, sencillamente falleció de un infarto.

Nos vino a todos de repente, y sinceramente, no supe cómo reaccionar con todo aquello. Cuando dos semanas después volví a aquella casa en un sentimiento de tristeza muy superficial, comencé a deshacerme de muchos objetos de un valor incalculable. Sus gafas de sol de los setenta, su guitarra de tan solo dos cuerdas, el cenicero de “recuerdo de Mojácar”, y muchos otras cosas que fueron directas al contenedor de la basura, no sin antes recibir las condolencias dudosamente sinceras de Enrique y advertirme que, antes de tirar nada, le avisara para echar un ojo.

Desde el balcón estaba yo ese medio día mirando el paisaje, y mientras esos críos se revolcaban en la piscina, Enrique volvía caña en mano y las botas de agua de mi padre puestas manchadas de fango. La casualidad, que tenían el mismo número, y como él dijo, si son del mismo número y están prácticamente nuevas, las podía usar sin problema. No le puse pegas, en las circunstancias de apatía en las que me envolvía aquellos días, no cuestionaba nada, pero yo también comparto el mismo número de pie.

Cuando entró en el recinto, invitó amablemente a sus hijos a salir de esa piscina del modo que acostumbraba a hacer, es decir, que o salían, o les arrancaba la cabeza. Como de costumbre, la desobediencia se hacía notar, y las discusiones desagradables retumbaban en la cara oculta del edificio.

Al otro lado, en la cara oculta, el mar, la sensualidad de las olas acariciando la arena, las gaviotas deslizándose en el viento, la soledad, los paseos en silencio, el aire puro, la calma y los pensamientos, mis recuerdos agradables, la sonrisa que dibuja mi cara. Esa parte era la única por la que conservaba mi energía para permanecer en esa casa.

Enrique me vio desde abajo, desde la piscina. Me lanzó un grito, y una invitación para comer. Pasó que una vez prepararon un plato típico que yo desconocía, uno de esos estofados cuya receta se remonta a la tatarabuela de alguien del pueblo que se apropió de la misma. Se evidenció la cortesía vecinal de ofrecerme un plato para que lo probara.

Después de la primera cucharada decidí que era suficiente, y el resto fue directo a la basura. Me vi reflejado en ese plato cuando, una vez había fregado, lo dejé secar junto a mi vajilla, muy distinta a esa. Cuando les devolví el plato limpio, tuve que devolver el gesto de cortesía agradeciendo y remarcando lo rico que me había parecido.

Desde entonces, cada vez que preparaban ese plato, no era raro que Enrique me invitase a comer con ellos. Estábamos sentados todos, los cinco, cuando Enrique me puso delante el plato. Empezamos a comer y, poco después, se empezaron a dar cuenta de que yo no estaba comiendo. Me miraban fijamente, sin mediar palabra. Hasta que dejaron de comer, y solo me miraban, borraron sus sonrisas, se pararon los momentos. Un pitido en los oídos me paralizaba y me impedía moverme.

– Hijo, ¿estás bien? –Escuché en un hilo de voz.

– Enrique, le ha vuelto a pasar, míralo, está bloqueado, no reacciona.

– Tranquila mujer, enseguida vuelve.

– Pero esto no es normal, la semana pasada lo mismo, ¿Qué vamos a hacer?

– Nada, no vamos a hacer nada, que se apañe, a mi no me

– No tenía que habértelo dicho nunca. En qué momento quise ser sincera contigo. Él no tiene la culpa, trátale como a los otros dos, ¿Tan difícil es?

– Sí, es difícil, muy difícil, y no te imaginas lo idiota que me siento desde entonces, que lo supiera todo el mundo menos yo…

– ¡Pero si ni siquiera te había conocido!

– ¿Y qué? Algo así es difícil de ocultar, ¿no te parece?

– Pues para ti no ha sido tan difícil ocultar tu instinto asesino.

– Fue un infarto, no empieces.