A lo largo de todos estos años, y con mucha cautela, ha ido despertado mi interés por la vida que no tengo. Me he visto involucrada en jardines ajenos sin haber tomado ni una sola decisión desde el día que desperté por primera vez. He pospuesto todos mis planes, no me ha quedado otra.

Fue un día sin sombra, de los que realmente cuentan en mis notas de cabeza. Los días con sombras son a veces curiosos, si se dejan oír entre las luces, pero no me dejan ver crecer la hierba, ni la luz de la mirada que desprenden mis anecdóticos rostros, ni tampoco contemplar lo que hay ahí fuera, un mundo lleno de momentos de los que aleatoriamente soy cómplice, espectadora, de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado son trazos de una línea más discontinua que recta.

Soy esa historia incandescente fruto de lo inmóvil, sin pena ni gloria, porque no hay pena, no hay gloria, no hay objeto ni razón, soy quien soy sin reconocimiento, porque guardo mi silencio más absoluto desde mi canto más desfigurado.

Se cruzaron conmigo en muchas ocasiones, pero me encanta pasar desapercibida, soy esa extraña presencia invisible que puede ver sin ser vista, ese instante que perdiste cuando no tuviste paciencia suficiente para esperar sentado. Me gusta pensar que desde un parapléjico lugar puedo encontrar un entorno hostil a mi diversión, y eso más que parapléjico, me parece paradójico.

La primera vez que sentí pertenecer a este mundo ni siquiera tuve valor para abrir los ojos. Sentí en mis curvas los dedos rugosos de un hombre que quiso pagar un periódico una buena mañana de Domingo en el quiosco de la esquina. Cuando quise abrirlos y sentir el color antes que la vida ya había ante mi una explosión de formas en movimiento que en aquel entonces no supe comprender.

Cuando los sanitarios llegaron, el hombre ya no respiraba, encontraron a un infarto agarrado a un periódico y algunas personas murmurando en la puerta del establecimiento. El morbo, que siempre es invitado a la fiesta. Así que probablemente fui su última transacción, no todos los días podemos ser protagonistas de un momento histórico, aunque solo sea historia para una persona, y solo de para un punto y final, pero ahí estuve, mi primer papel principal me lo concedió un abuelo, eso creo.

En las próximas horas hice lo propio que se espera de alguien que acaba de descubrir la vida; vivir. Y si de algún modo tenía preguntas que hacer, nadie iba a contestarlas, eso lo tuve claro enseguida. Aunque mi pensamiento pueda expresar en gritos de auxilio y dolor, la verdad es que solo estoy yo y mi ausente mecanismo de supervivencia. No pedí nacer, como le diría un niño a su madre en su expresión de pataleta, y sin embargo, allí estaba, presente, en el frio suelo de un quiosco de barrio descifrando el sentido de la vida en mi primer día.

No lo encontré, pero tampoco puedo decir que encontrara algo más clarividente en estos años. Quizá me queden muchos trayectos de tome sus vueltas para ver entre mis nuevas propuestas una esencia más humana y en algún despiste no tenido en cuenta en la rutina de un ama de casa se tropiece con un hecho que se explique en abstinencia que el mundo gira en consecuencia. Si a alguien le importa realmente que levante la mano, que yo no puedo.

El propietario del quiosco no me vio, estoy segura. Cuando alguien me ve por sorpresa se nota, esas veces me he sentido muy deseada, qué gilipollez.  Se puso tan nervioso en esa escena de abuelo en última misión comprar periódico que raro hubiera sido aguardar un momento en agacharse y recogerme.

Tuve que esperar a sentir la gravedad algunas horas más, cuando un niño introvertido esperaba a su madre a algo más de un de su ala mientras comprara su ridícula revista. Ese tipo de revistas que valen más que yo pero no me llegan ni al filo de mi canto. Ese tipo de revista que derrochan tinta en expresar cuánto puede llegar a odiarse una mujer por fuera hasta que le llega el momento de mirarse dentro. Pero en ese momento no lo supe entender, solo vi una mujer y un niño en un lugar que aun olía a muerte. Pero bueno, también estaba viva, así que lo comido por lo servido.

Entonces conocí el placer de la gravedad, una aventura que pude repetir hasta tres veces cuando el estúpido crio me cogió y cuando volvía de flexionar sus rodillas le resbalaba entre sus dedos haciendo sonar ese cascabel que es melodía para los oídos de muchos rácanos del barrio.

A la tercera fui vencida, me arropó en su mano pegajosa y empecé a creer por un momento que allí me quedaría. No fue hasta que su madre lo agarró de la muñeca, tal vez harta del fin de semana que el niño con aroma a vómito estaba dando o tal vez por su incapacidad de ser una buena madre. Tal vez ambas cosas.

Entonces subimos a un coche y este niño me apretaba con fuerza, me dejó en la sombra, pero sentí el ruido de la calle, de los coches. Agarrarme tan fuerte no era motivo de que me quisiera mucho, era el miedo involuntario de ese niño malcriado que esperaba ser regañado por cualquier cosa recogida del suelo. Y entonces vi la luz, los sillones, la sillita, el pelo rizado de la madre, el coche lleno de mierda, como no podía ser de otra manera.

Conocí el calor del Sol por la ventana, la baba incesante de un niño en sospechoso silencio amarrado a su sillita. Y empecé a descubrir un mundo para mi desconocido e infinito. Con miedo, con ansia, con la esperanza de entender y ser excusa de cada viaje que comprenda un nuevo lugar. Estaba ilusionada, entusiasmada, incluso emocionada al mirar a través del cristal y empaparme de tanta información, no podía procesar tantas cosas, tantas maravillas. Pero el dichoso crio me tiró de repente y me quedé pegada a un chicle en la alfombrilla del coche, rodeada de migas de pan y trocitos de cosas de las que no quise saber su procedencia.

Entendí entonces que debía aprovechar cada momento porque a cada instante todo cambia, el mundo que me rodeaba no iba a esperarme, debía esperarle yo a él a que me diera la oportunidad de descubrirlo, y estaba empezando a entender que la mayoría de esas veces iba a ver su lado menos amable, la sombra.