Cruzó la calle tirando de la cuerda. En el extremo había anudado la rejilla de la unidad exterior del aire acondicionado. Una caja metálica gris, casi blanca, que arrastraba hacia la Avenida América arañando el asfalto. Ahogó su mano con otra vuelta más, amoratando sus dedos con la fina cuerda deshilachada. Tiraba con fuerza, con prisa, pero con chanclas, que a cada paso entorpecían su marcha. No podía ir demasiado rápido. Empezó a acumularse una caravana de coches tras él. Pitaban y gritaban antes de que pudieran adelantarle en un acelerón. Estoy en mi derecho, está en garantía. Una tapa del alcantarillado tropezó con la caja, haciendo girar el ventilador, acompañado de un sonido metálico. Se giró, aprovechando para descansar un poco, quitándose una de las chanclas y amenazando a la caja.

—¡Cállate!

Una anciana miraba desde la acera, negando repetidamente con la cabeza, sosteniéndose una mano con la otra muy pegada al pecho. No la miró y, pasando la cuerda por su hombro, arrastró su aire acondicionado un poco más. Concentrado, mirando al suelo, decidido. Hola, buenas tardes, quisiera devolver esto. No, mejor: para devolver esto, por favor. No, no. Me gustaría hablar con el encargado porque esto no enfría. Estoy en mi derecho.

La cuesta de la avenida América es más larga de lo que parece. Subidos en sus bicicletas, desde el otro lado de la calle, bajan muchos sin pedalear. Los altos edificios de oficinas sombrean la larga alameda que oxigena la ciudad. El semáforo estaba apagado, el tráfico era un caos. Un camión de mudanzas en doble fila impedía el paso y nadie quería cruzar por debajo de la escalera. La caja seguía subiendo, dibujando líneas blancas con la pintura desprendida. Quienes bajaban la calle lo ignoraban. Quiero uno nuevo o pido la hoja de reclamaciones. No, mejor: Quiero la hoja de reclamaciones ahora mismo. Estoy en mi derecho. Os voy a denunciar. No, eso no. Tengo un problema con esto, por favor, quisiera cambiarlo. Estoy en mi derecho. En la esquina con la calle Balmes, un lotero vociferaba los números en venta. Paró, y compró uno.

—¿Qué lleva usted ahí, es una máquina del tiempo? —bromeó el lotero, que lucía unas gafas de sol demasiado grandes para el tamaño de su cara.

—Así es, una máquina del tiempo. Toda esta mañana y la tarde de ayer me la ha absorbido. Ahora quiero ir a devolverla. Estoy en mi derecho.

—Claro que sí, está en su derecho. Que vaya bien, y suerte para esta noche.

—Ah, ¿es para hoy?

—Sí señor, el sorteo es el de esta noche.

—Pensé que sería para mañana. Devuélvame el dinero.

—De acuerdo.

—Estoy en mi derecho.

—Por supuesto, está en su derecho.

Unos metros más arriba, sudando y sin mayor descanso, llegó a la tienda. En ese momento inspiró, y dio un último tirón a la cuerda antes de cruzar la puerta.

—Venga, vamos.

Esperó su turno cerca del mostrador. Un hilo musical y un aroma a mandarina hacían la estancia muy agradable. A través del cristal vio, al otro lado de la calle, a una señora que tiraba de una cuerda atada a una cafetera. Está en su derecho.