Por aquel entonces yo estaba trabajando en una tienda de ultra marineros. Al principio sólo se vendían bufadas y banderas de distintos tamaños para animar con ímpetu a los marineros que surcaban la mar. Cuando empecé en ese negocio el ánimo hacia los marineros era el día a día en el puerto de Santa Maritrini. Una muchedumbre de aficionados se ponía de acuerdo para juntarse en el puerto y corear los nombres de los marineros a las 5 de la mañana, cuando éstos aparecían con su uniforme de faena, aun con aromas a pescado de días anteriores y se disponían a deshacer los amarres.

Claudio era uno de los más aclamados. Recuerdo una temporada de pesca intensiva donde batió todos los récords. Algunas chicas esperaban tiritando en la parte de atrás de la lonja para asaltarle y pedirle un autógrafo. Tenemos en la tienda una foto suya firmada la cual nos enorgullece enormemente tener, y que también es uno de esos detalles que marca la diferencia con nuestra competencia directa dos calles más arriba.

Los inviernos eran duros en Maritrini, el Sol aun no hacía acto de presencia y las farolas, traslúcidas del salitre, permanecían encendidas a lo largo del paseo marítimo. Era habitual entonces encontrarse esa docena de marineros legañosos y deprimidos arrastrarse en pisadas muy separadas, no por ser escoriados, que también, sino por ese centro de gravedad desplazado que a veces los marineros olvidan regular al bajar del barco.

Los aficionados esperaban tiritando, arropados con sus banderas, bufandas y vuvuzelas a que cruzaran la quinta farola, la fundida que dejaba lugar a una sombra suficiente para que la sorpresa fuera doble, y animar entonces con canticos y palmadas al grupo de marineros.

Deshacían así sus malas caras, su confianza aumentaba, la fuerza del marinero emergía y con tan solo levantar la barbilla, orgulloso hacia la Luna llena, el rostro se iluminaba de pasión por la pesca y por superarse así mismo en otro día más de faena.

Pero aquellos días pasaron, los aficionados acérrimos a la pesca, los cuáles no habían tocado un pescado fresco en su vida, fueron diluyendo su fanatismo. Después de quince años trabajando para el señor Eusebio y su hermano mayor Lubomir, empecé a sentir que mi puesto de trabajo podía estar en serio peligro. Las ventas caían, los jóvenes eran cada vez menos aficionados, y los pocos que aún quedaban aparecían en la tienda agarrados de la muñeca por un padre enfadado, insistiendo en la importancia de conservar la tradición.

Uno de esos jóvenes cruzó la puerta solo. Lo recuerdo muy bien porque lo interpreté como un halo de esperanza en el negocio y en la tradición de ultra marineros. Entró de puntillas, cabizbajo y dubitativo. Al principio pensé que sería su primera vez y que la ilusión de comprar una bandera con los colores de Maritrini estampados le haría engrandecerse como aficionado a los marineros de pura cepa. Pero enseguida vi a su padre esperando en el portal de enfrente. Otro joven coaccionado por su padre para mantener la tradición. Y entonces lo supe, supe que todo este esfuerzo de los mayores sería en balde tarde o temprano. Los chavales no estaban dispuestos a levantase a las cuatro y media, pero sí estaban dispuestos a comer su lenguado a la hora de cenar. Unos completos desagradecidos.

Aquel día Lubomir estaba conmigo en la tienda haciendo el inventario. Llevaba la carpeta en la mano y revisaba los precios en las estanterías mientras miraba de reojo la situación. Dejó la carpeta en el mostrador y le dijo al niño que, en su país, estaría esnifando pegamento en las calles de Leningradsky, envuelto en la miseria, de no ser por esta tradición familiar convencidos y devotos por sus marineros.

Tras ello, el niño asustado compró una bandera de las grandes y una bufanda. Tampoco teníamos mucho más catálogo, hasta entonces habíamos hecho una buena caja con esos dos productos. Y se me ocurrió. Tuve la brillante idea de incorporar algunos productos a nuestras estanterías que inmediatamente captaron el interés de Lubomir.

Llamamos a Eusebio y los tres tomamos un café donde siempre. Evidentemente pusimos el cartel de “vuelvo en 5 minutos”. Siempre quise poner ese cartel, no había tenido ocasión en todos estos años.

Incorporamos los llaveros, las tazas, y nuestro producto estrella; los mecheros. Cuando tuvimos todos aquellos productos en la tienda, hicimos un llamamiento en Maritrini para que se pasaran a visitarnos, con suculentos descuentos. Era ahora o nunca.

No es por presumir, pero creo que, gracias a aquello, y gracias especialmente a mi idea de los mecheros, resurgió todo. Volvieron a madrugar los vecinos y esta vez lo hicieron con la novedad, con nuestros mecheros iluminando el paseo marítimo, haciendo un pasillo a los marineros que iban directos a la faena. En la otra mano una taza con café o una bandera.

Veíamos en su mirada el brillo de la llama del mechero o la ilusión, podía ser cualquiera de las dos cosas, pero era bonito no saberlo. No sabía lo que iba a durar aquello, pero estaba enormemente agradecido y dispuesto a seguir innovando para salir a flote. Evidentemente nuestra competencia quiso copiarnos, pero ya era demasiado tarde, habíamos triunfado y de ahora en adelante teníamos el monopolio absoluto de los ultra marineros.