Hoy, en un intento frustrado de prenderte fuego, me he envuelto en llamas las manos. Se me han carbonizado los dedos, en este intento de callarte y evitar tu voz aguda e irritante en mis oídos vagos de querer quererte.
Hoy, me duelen las ganas y me revuelve tenerte, te adhieres a mí como una lapa que lucha por retenerse y no parece que te esfuerces demasiado para tal grado de impertinencia que produces en mi trabajo.
Me haces daño, lo sabes, sabes que la cima de esta montaña no se alcanza haciendo nada y noto en tu mirada las noches sin paraguas que me has obligado a caminar por cada calle. Eres cruel, no me sirves para nada, mis sentimientos de culpa, mis días perdidos, mis hubiera podido y no pude.
Has contaminado cada esfuerzo, has roto en mil pedazos el trabajo de mi vida, la vida que no tuve, la que quise llegar y no llegué. Y te culpo, porque no existe una razón más pertinente que tu presencia para encararme a mis derrotas, solo contigo. Porque tú eres derrota, eres la escoria que lastra, la raiz de los tropiezos, el escalón que no se alcanza.
Me escudo en ti porque a veces no puedo, y lo sé, puedo creer que no puedo y culparte una vez mas a la cara, y te siento mirándome fijamente relajada y sonriendo, haciéndome sentir mal, calando en mi piel la clarividencia del debo y no quiero, del quiero y quizá… no, quizá es que no quiero.